Una de la razones para odiar San Valentín es no tener a nadie para darle sus sanvalentinazos. Para surtir su farmacia. Para decirle “hola” por la mañana. O a cualquier hora. Digo que a veces, “odiamos” el amor porque no lo tenemos. O porque lo extrañamos. O porque trabajamos en una fábrica de corazones de poliuretano y los vapores nos hacen querer patear a cuanto querubín arquero tengamos cerca.
De varios años para acá, no odio las fechas especiales. Las asumo como fiestas temáticas. Si tolero el momento Brasil en las bodas, puedo con un día entero dedicado a la bandera. O al color rosa y los hoteles y moteles a reventar. O a las cenas opíparas y los cumpleaños de Cristo. O a cualquier otra fiesta que implique el prefijo día de.
Esto no es acerca de mi primer día de los enamorados y cómo entendí la importancia de demostrar cariño.
Esto no es acerca de un sanvalentín en el que me hayan roto el corazón mientras llovía y sonaba alguna canción de Radiohead.
Esto no es acerca de ninguna de esas cosas. Pero tienen que ver.
Esto es acerca de una noche de domingo y lo que pasó después.
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Aburrimiento. Eso es lo que se siente después de una tarde soleada y con nada en la televisión. No mucho en Internet. Tecleas casi por instinto. Un correo perdido de una oferta en línea. Una foto de gatos haciendo cosas de gatos. Un video que se vuelve viral. Clic. Clic. Clic. Forward. Play. En un par de días tengo que viajar a dos ciudades importantes, en un tour express de tres o cuatro días. Todo por trabajo. El omnipresente y prioritario trabajo.
El teléfono suena. Son las 10 de la noche. No es extraño. Las llamadas en casa de mis papás siguen llegando hasta las 12 en condiciones normales. Pero hay algo raro. El viejo y estarrio frik, lo llama uno de mis libros predilectos.
“Hirieron a tu hermano”, dice mi mamá. “Tenemos que salir a casa de tus abuelitos”.
Tengo veintitantos en ese momento.
Viaje de media hora, en taxi. Vamos hablando de que lo más probable es que no sea él ¿cómo podría? “No tiene mucho que se ha mudado con una chica y”
(Se mudó cerca de casa de tus abuelitos)
“por lo que sé, se la está pasando muy bien con ella. Además, la gente se equivoca todo el tiempo y”
(No nos dijeron nada más que estaba herido. No nos dijeron en dónde estaba)
“esta podría ser una de esas veces. Y nada más”
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Tienen a alguien en la delegación, dice mi abuelita cuando llegamos. Hay que ir. Yo decido quedarme. No es nada. No pasa nada.
(¿Por qué en una delegación si está herido?)
Mi hermana mayor ya está ahí. Ella y mi hermano son mis medios hermanos si nos dejamos mandar por la regla que dice que si son solo hijos de tu mamá, no están emparentados completamente contigo. Regla que nunca hemos seguido.
Digo que me quedo y que en cuanto salen mis papás y hermana, mi abuelita se acerca a mí.
“Lo mataron.”
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¿Han sentido ese despegarse del piso? ¿Ese mareo que te ataca? Yo lo llamo “efecto elevador”. Imaginen estar en un edificio de 43 pisos. Presionan el botón, suben, presionan otro botón. La caja realiza un viaje sin escalas a la planta baja. Zoom. Ahí va tu estómago. Zoom. Ahí va tu cabeza. Zoom. Ahí va el mundo.
Me describen una escena que nunca he podido borrar de mi cabeza. Para ellos debe ser muchísimo peor. Ellos lo vieron. Ellos avisaron a la policía. Ellos lo criaron antes de que mi mamá fuese mi mamá y antes de que mi papá entrara en escena.
Zoom.
Tengo la esperanza de que mis abuelos se hayan equivocado. Son mayores y es de noche, me repito. Pero todo se rompe cuando entra mi hermana y me dice “no” con la cabeza.
No es un no positivo. No es el no que necesitaba.
Solo alcanzo a abrazar a mi mamá después de que se deja caer en una silla y la veo desintegrarse de tristeza. Es 14 de febrero.
No tengo una novia a la cual llamar para que haga ese viejo encantamiento. Esa combinación de abrazo/beso. Que me diga que todo va a estar bien mientras lloro y pienso, de manera absurda, en el olor de su cabello.
Lo que tengo es un hermano muerto.
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No voy al funeral. O al entierro. La última vez que estuve en uno, fue el de mi abuelito paterno. Amaba a ese viejo y ese viejo me amaba. Papá lo regañaba cuando se tomaba un Bacardí de más. No vuelvo a ir a un entierro, a un funeral, porque esa última vez dos tíos y dos primos levantamos el ataúd, sabiendo que era la última vez que teníamos cierto contacto, cierto acercamiento. Tenía 14 años.
Los funerales exigen todo de mí. Me descompongo, me vuelvo elementos que no funcionan por si mismos. Toda la energía desaparece.
Pero en realidad sí volví a ir a un funeral, años después, porque tenía que estar con mi amigo. Con mihermano. Tenía que ir y fumar un cigarro con él y que se me ahogara un “te quiero mucho” al abrazarlo.
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Horas después, llamo al trabajo. Sí, mi hermano. Sí, gracias. No, eso no quiere decir que no voy a viajar. Los planes se quedan. Yo di mi palabra. Sí, es en serio.
En el autobús, en la carretera, después de decirle muchas veces a mi papá que cuidara a mamá, no puedo llorar. No me ha salido una sola lágrima. Nunca me rompo.
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Paso por Ramos Arizpe y vuelvo a pensar en el libro. En que es una zona espantosa, como Bosnia Herzegovina, pero recién bombardeada . Que en algún lugar cercano está Pixie atendiendo un Cinépolis. En Hister. En el Melrose. En que Perfect Day de Lou Reed dura tres minutos con cuarenta y cinco segundos.
Pero no lloro.
No conozco al autor del libro, salvo por nombre. No estoy consciente de que es la misma persona que dirige al equipo que edita la revista que compro religiosamente. En este punto de la historia, no tengo idea de que lo voy a conocer en unos meses, que aprenderé mucho de él, que será mi jefe. Y que me otorgará el enorme privilegio de ser parte del equipo de esa revista. Que me iba a poner “en el camino”. Y tampoco de cuánto voy a querer al muy bastardo, con todo y sus cigarros light para nena.
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Estoy en el aeropuerto de Monterrey en camino a Guadalajara. Como solo. La voz desaprobatoria que todos tenemos en la cabeza me recuerda que soy un monstruo por haber pedido la carne y la papa al horno que da vueltas en mi boca, mientras que mi hermano no volverá a comer. Nada. Nunca.
Pero no lloro.
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Entro a mi casa varios días después. Mis ojos siguen secos. Todo se siente pesado y silencioso. Espeso. Esa es la palabra que busco. Todo es espeso.
Mi trabajo de ese entonces me permite viajar unos días y quedarme un par de semanas en casa. A veces más. Reafirmo que el destino es una cosa impresionante.
Con otro trabajo, yo no habría estado detrás de mí mamá en el último peldaño de la escalera justo cuando se desmayaba.
Con otro trabajo, no habría estado para ayudarle en las dos crisis nerviosas.
Con otro trabajo, no habría podido abrazarla a todas horas.
Mi nueva rutina nocturna sigue incluyendo eternas páginas web, videos, tráilers, emuladores de NES y chat. Pero en lugar de “desvelarme” hasta las, huy, 2 am, ahora lo hago hasta que escucho que toda mi familia está dormida. Me levanto de la silla varias veces y reviso las cerraduras, las llaves de gas y luego lo vuelvo a hacer. Dos. Tres veces. Me dan las 4 antes de sentirme satisfecho. Y repito esa rutina por tres o cuatro meses, todas las noches que estoy en casa.
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Regreso de viaje una noche. No es muy tarde. Es la primera vez que no están esperándome. Y escucho roncar a mis papás.
No enciendo la luz. Prendo un cigarro. Me siento en un sillón.
Es la primera vez que puedo llorar. Lo hago en completo silencio. Nadie se entera, todos están bien y seguros en la medida de lo posible. Fumo un poco más y lloro otro tanto.
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En esos días tengo ideas que una persona no debería rumiar. Nunca. Acerca de lo que haría si encontrara a los responsables. Todavía me preocupa ser capaz de planear asuntos tan enormemente tenebrosos. Todavía me preocupa que “algo malo” siempre haya estado dentro de mí.
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Y no odio San Valentín. Ni el que todo esté lleno de corazones y Cupidos ese día. Hasta el tráfico me parece aceptable. Me gusta mucho ver la cara de las chicas cuando su pareja llega con un ramo de flores o un animalillo de peluche. La de los hombres y niños de todas las edades, nerviosos, llenos de expectativas mientras cargan una caja de chocolates.
El 14 de febrero de hace varios años fue uno de los peores días de mi vida. Y tenía muchas opciones. Ceder a las ideas que se arrastraban desde alguna parte desconocida de mi cerebro parecía la más lógica. O alejar a todas las personas cercanas a mí. Tal vez zurrarme en todos y cada uno de aquellos que se levantan en estas fechas con los ojos enormes y llenos de avidez. Decir lo clásico: que las corporaciones, que solo se hace para vender, que no hay significado, que hayqueamartodoslosdiasnoseanridiculosyolocelebrodiario. Que todo está vacío porque yo estoy vacío y porque un asunto de estos, lectores amables, no se olvida. Nunca. Pero mi corazón me llevó por otro lado. Y es que, tengas novia o no, esposa o no, hijos o gatos, creo que estar rodeado de amor, aunque no esté siendo disparado necesariamente en ese momento en tu dirección, es una cosa maravillosa.
Amen. Sean amados. Que, en verdad, no hay nada como ello.
Salud.