Dos perros tontos van a los Oscar

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Porque no son “los Óscares”, por mucho que los medios se los digan. Este año, vamos a hacer el comentario paralelo a los Premios de la Academia y están invitados. El enlace se hará por Skype, así que solo tienen que agregar mi cuenta y listo.

En esta ocasión me acompañará Ulises Guzmán, aka Moloko Vellocet, quien vive para dos cosas: cine y comida chatarra. Vengan y escuchen nuestras terribles observaciones y quédense perplejos cuando uno de nosotros o los dos, desaparezcamos para ir al baño.

Agreguen a sad.cucurucho en sus cuentas de Skype. La transmisión comienza a las 6:53, aproximadamente. Si no han visto las películas, no se preocupen: se las vamos a spoilerear todas. Lo único que les pedimos es que le pongan “mute” a su micrófono cuando comience la ceremonia, porque somos lo suficientemente ególatras como para querer que solo se escuchen nuestras voces.

Ah, y seguramente también estaremos escribiendo cosas en Twitter.

Mongo of Tomorrow

MAN OF STEELLa segunda parte de un podcast que se grabó hace seis meses está aquí. Escúchenlo con Choco Milk y dejen sus comentarios.

 

 

 

Suppamongo

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En un completamente anacrónico episodio de Mongo que se grabó hace medio año, hablamos de Man of Steel y nos acompaña Moloko_Vellocet. Después de la segunda parte la próxima semana, The Day of The Doctor.

 

 

Lo que pienso en las últimas horas de 2013

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Hace un par de meses hablé muy públicamente de mi estado emocional, algo que, en realidad, no hago casi nunca. Escribí acerca de mi abuelita y de un gran tipo, de su pérdida y de lo realmente deprimido que estaba. Tal vez conozcan la sensación. Te mueves, pero como en una de esas bandas sin fin del aeropuerto. Comes, pero es para llenarte. Sonríes, pero no es una sonrisa completa. Y te levantas de la cama, fumas, juegas algo en el celular, tomas una foto y la compartes porque… pues esa es la rutina. Eso es lo que haces. Eso es lo que hacías. Lo continúas porque sí, porque ahí está.

También hablé del genial Ricky Gervais y de Derek, la serie que en este momento pueden ver en Netflix. Mucho de lo que me ayudó este año, tuvo que ver con los extraordinarios trabajos de ficción que realizaron este tipo de personajes entrañables y admirables. Antes y después de todo lo que pasó. El entretenimiento puede servir como eso, como algo en lo que estás, mientras estás en lo otro. Mientras te sientas en una silla a hacer nada, a rumiar. A tomarte un refresco de dieta porque ya hasta tú te ves a ti mismo muy gordo o a jugar un par de niveles de un videojuego mientras recuerdas una voz, un rostro amable o una anécdota. O mientras piensas que todo está mal, seguirá mal y se pondrá peor porlossiglosdelossiglosaménpodéisirenpazlamisahaterminado.

Pero varias de estas cosas, varias de estas películas tontas, sin sentido y sencillamente demenciales, varias de esas series diseñadas para niños y adolescentes que me arrancaron las lágrimas más de una vez, esos libros en los que un dios prehispánico renace y se enfrenta a una suerte de samuráis telépatas chilenos me fueron dejando algo. No lo noté al principio, pero “la cosa” era acumulativa. Un katamari, si gustan, que iba recogiendo un poco de aquí, un tanto de allá. No eran “enseñanzas” per se y en realidad se resumieron en un solo asunto: gozo.

El gozo es algo complicado de obtener cuando estás deprimido. De nuevo, todo es una película muda, en blanco y negro, en ruso y sin subtítulos. Estas perdido en la traducción, porque el lenguaje del gozo es uno y el de la depresión es otro y la traductora de María Victoria Llamas no está disponible. No can do, oh no sir. Quieres entrar, pero no puedes entrar. Y miren, no es necesario que alguien de su familia muera. Uno puede caer en ese limbo cuando la novia se va, cuando no encuentras el sentido de la vida o cuando te enteras de cualquier cosa que te rompe el corazón. Simplemente, es una montaña que no puedes escalar y que está ahí, viéndote a la cara con el mismo rostro inamovible y eterno. Es un gigantesco MEH en el alma que no te puedes sacudir.

Y entonces vi Pacific Rim. Fui niño de nuevo y no me detuve a pensar en puñeteces (o puñeterías) como los hoyos del guión o si el CGI o si la música. Reí, aplaudí, grité. Saliendo del cine, ajá, hice las llamadas acostumbradas: “¿Cómo va todo?”; “Sí, yo paso mañana”, “Dile que le mando saludos”. Leí Hackers de Arcoíris y me divertí cazando referencias, me sentí idiota por no conocer otras, me dediqué a ponerles cara y ojos y cabello a los personajes. Y The World’s End, que me hizo sentirme completamente nostálgico y que también ablandó mi actitud hacia los excompañeros de la secundaria que siguen pidiendo una reunión. Vi Derek y lloré y lloré y reí. Me senté en una sala de cine a ver un capítulo de 75 minutos de una serie que comenzó a transmitirse hace 50 años y que tiene fans de todas las edades. Me reí en complicidad con una británica de más de 60 que llevaba a su nieto a ver The Day of The Doctor, solté el “nomamesnomamesAAAAAAAAH” más sincero de mi vida al ver las cejas de Peter Capaldi por medio segundo en una pantalla de cine. Y vi el avance de Sherlock, el avance de Spidey Wardo 2, el avance de Gojira, el final de Breaking Bad. Vi muchas veces Wreck-it Ralph y muchas veces Back to the Future.

Y entonces te llega, como en un susurro, la verdad. El mundo no puede ser tan terrible. Sí, en el mundo pasan MUCHAS cosas malas, a veces a nosotros y otras a personas que no conocemos. Pero eso no quiere decir que todo el planeta esté mal. Mañana (hoy, si leen esto después de las 23:59) la eterna maquinaria de corrupción hará que pagues más por tu refresco y tus Sabritas y el metro cuesta 5 pesos y jamás lo veremos mejorar en ningún sentido. Pero… el mundo no es malo. Porque recibes llamadas que te dan alegría, porque a pesar de que tal vez no vuelvas a ver esa sonrisa, a escuchar esa voz, tuviste la oportunidad de hacerlo. Porque el dolor de verdad no dura para siempre, a menos de que queramos que así sea. No es que te dejen de importar las personas que se van, es que te adaptas, sigues.

Hoy por la mañana, por casualidad, me topé con un GIF en Tumblr. Dije: “voy a ver ese video al rato, porque siento que me hará bien”. Lo busqué y aquí está, en este link, justo en la parte de la que quiero hablar.

Todavía no den clic.

Talia Castellano, de quien no sabía nada hasta hoy, fue diagnosticada con dos tipos de cáncer. No se pregunten si eran agresivos o no, invasivos o no o en cuál etapa estaba cada uno. Son dos versiones de una de las enfermedades más desgastantes de la historia. Uno de sus sueños, era ser maquillista profesional, así que lanzó su propio canal de YouTube, en esta maravilla que se llama Internet y, con quimio y todo, sin cabello, daba tips de cómo maquillarse. Y, encima de todo, lo hacía de maravilla. Su segundo sueño, era conocer a Ellen Degeneres (eso es lo que está en el video) y también lo hizo.

Den clic.

Guau, dije. Porque, verán, esto de la depresión es, además, muy casquiveleto. Uno se deprime por lo que sea. En serio. Ya no me llamó: depresión. Ya se acabó: depresión. Ya no alcancé: depresión. Ay, mi helado: depresión. Oh, no, acabo de darme cuenta de que soy depresivo: depresión. No minimizo la de los demás, pero la mía puede alcanzar niveles ridículos. Y esta niña, con dos tipos de cáncer encima, con la terrible y debilitante terapia, con una cabecilla calva y un físico frágil en los años en los que, ah, cómo nos preocupa tener buen cabello y estar delgados, pero no tan delgados, con la adolescencia en pleno, dice, cuando Ellen le pregunta cómo se mantiene tan positiva:

“Lo que le digo a la gente es ¿qué quieres que haga? ¿Que esté deprimida? Además, un pececito me dijo: sigue nadando, solo sigue nadando”

Ellen es la voz de Dory en Finding Nemo y lo que fue traducido como “nadaremos, nadaremos” en el original es “just keep swimming, just keep swimming”. Es un mensaje de esos maravillosos que tenía el Pixar de hace unos años y que están por ahí, esperando a que alguien lo tome y mejore su vida con ello. Porque sí, la idea es seguir nadando. Solo seguir nadando. Y si una pequeñita, que murió en julio de este año, con todas las desventajas y calamidades que tenía encima, pudo seguir y hacerle una trompetilla a la depresión y simplemente, seguir nadando, hey, este manchild, este patizambo sin coordinación alguna, también puede. Porque todo lo que tengo que hacer es recordar que me recibían con gusto, que fui querido, que di el mismo cariño en correspondencia. Porque mi abuelita se encargó de dejar el mundo mejor de lo que lo encontró y, coño, yo quiero hacer lo mismo. Así que, depression schmession y a vivir.

Les deseo que el siguiente año, el siguiente ciclo, la próxima temporada, sepan como quitarse los obstáculos del camino, puedan tomar decisiones favorables, tengan amor, pan, pasteles y si no, estofado vegano. Que sean felices, vamos. Y si sienten que no es posible, que la tristeza es mucha, que por más que mueven las piernas no avanzan, recuerden. Just keep swimming.

Alex Serna

31 de diciembre, 2013

Mongo: Doctor Who, el regreso

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Aquí tienen este maxiepisodio en el que hablamos de la temporadas más reciente de Doctor Who. Vayan, escuchen, dejen comentarios y nos vemos mañana en el cine.

Para quienes van a Cinemark Reforma, hay un mensaje al final. Salú.

La gentileza es magia

Hoy por la mañana, me dieron una noticia que me dejó frío. El tipo de noticias que tienes que contarle a alguien, por lo menos para escucharla en voz alta y terminar de aceptar que es real y que no es otra vez una pesadilla.

Déjenme contarles como era yo hace unos años. Digamos entre la preparatoria y el final de la (segunda) universidad. Era verdaderamente insoportable. Grosero (que es distinto de “lépero”), mucho más terco que en estos días, burlón. Bully, si quieren usar el sobresobado y ultramanoseado concepto. Curiosamente, parece que nadie de esa época terminó odiándome. Una vez, ya casi para salir de la universidad, una compañera me dijo “¿por qué te queremos si eres tan malo?” “Por pendejos, dije”.

Yo sé. Están pensado “¿y cuál es la diferencia?” Existe, créanme y es muy marcada. Pero lo asshole se me ha ido quitado con los años. Eso espero. Eso quiero. Eso busco.

Pero, pasara lo que pasara, jodiera yo a quien jodiera, si lanzaba insultos o alusiones a actos sexuales desviados con las madres de todos y cada uno de los que estaban a mi alrededor, tocaba la puerta o giraba la llave y ahí estaba la sonrisa. Incondicional y eterna.

He tenido la enorme, enorme fortuna de tener a mi alrededor gente talentosa. También gente buena. Tipos maravillosos y mujeres de ensueño, con talentos diversos. Mi trabajo me permite ir de un tema al otro, de conocer a este o a aquél, a esta o aquélla, a esto o aquéllo. Claro, entrevistas a un tipo de WETA un día y luego a un profesor de física que tiene una teoría loca acerca del fin del mundo. Pero me refiero a la gente con la que trabajas todos los días. O, más bien, a esos que casi no ves, pero que, carajo, los saludas con gusto. Los recibes con una sonrisa y aceptas que tu oficio, lo más probable, jamás se va a acercar al de ellos. Nunca. Primero te duele la cabeza, porque muchos de los que escriben (escribimos) no somos muy buenos para aceptar esas cosas. Y luego, te dejas llevar y lo disfrutas. Dices: “qué bueno que hay tantísima gente mejor que yo, para seguir leyendo” Y también: “qué bueno que también hay gente peor que yo y estoy en el fondo del barril” Y luego: “qué gusto leerlos. Leerte.”

Así conocí a Ollin Islas. Así conocí a Ruy Xoconostle. Así conocí a Rafa.

Ahora, me asusto cuando suena el celular.

Ricky Gervais me parecía tremendo asno las primeras veces que lo vi. Luego, entendí su comedia, su estilo. Su humor tan profundamente británico, muchas veces basado en la autohumillación. Me gusta más que Louis CK, debo decir.

No vi The Office, eso sí. Creo en Dios, pero “The Invention of Lying” es una joya. Y me encanta cuando conduce un evento y tira 35 bolas de caca en todas direcciones con un solo comentario. Si tienen a alguien en su timeline que dice comentarios “ingeniosos”, pero les suenan medio familiares, seguro son traducciones de observaciones de este genio.

Naranjas. Plátanos. Plantas. Gatos. Perros. Cacahuates Planter’s Punch. Salsa. Agua de limón. Risas. Agua.

De eso me acuerdo.

“Tienes que venir. Los está llamando”

La llamada que no quise recibir jamás. La llamada que voy a recibir varias veces. La llamada que quisiera que no volviera a llegar, pero sucederá. Una y otra vez.

“Mira, no te hagas tonto. Estás deprimido. Déjate ir. Enciérrate. No dejes entrar la luz del sol. Languidece. Es más fácil”

“No quiero.”

Así me peleo conmigo.

Tengo cinco años, estoy en esa casa. Lo que voy a contar a continuación es una de las razones por las que la ficción me encanta.

Decía que tengo cinco años y estoy comiendo Planter’s Punch de una bolsita metálica. O de un bote. No lo recuerdo. Pero sí recuerdo que me sentaba en el borde de esa cama, me daba la vuelta para ver a la pared, dejaba mis piernas en el colchón y el resto de mí, colgaba hacia el piso. Un haz de luz entraba por la ventana. Motas de polvo lo cruzaban. Yo llamaba a esos corpúsculos “monstruitos” e imaginaba que nadie los veía y que en realidad, no hacían daño, pero de todas maneras eran monstruos. Monstruos flotantes tamaño miniatura. Microscópicos. En la casa, suena Camilo Sesto. Y Leonardo Favio.

Luego, muchos años después, vi Silence on the Library, de la cuarta temporada de Doctor Who y conocí a Vashta Nerada y sonreí todo el episodio.

“Ya vine”

“Qué milagro”

(Sonrisas)

Estoy llorando en este momento. Me obligo a escribir esto. Porque es parte de todo el asunto. Porque es parte de seguir adelante. De continuar con el relato, con el texto, con el artículo, con la referencia pop, con el agua de limón y las sonrisas. Porque a veces, debes dejar caer todo el peso que traes encima y… no sabes cómo. Otras, no puedes. Y otras, necesitas a alguien al lado que te diga “déjalo ir”.

A veces puedes. A veces no. Yo me obligo a poder.

Tengo algo atorado. Tengo algo en pausa y no sé como quitarla. No sé cómo seguir. No es que no avance, es que en ESE camino no avanzo.

Vi el primer episodio de Derek (y todavía no regreso al resto de la serie) el sábado pasado. Quería ver qué se le había ocurrido a Gervais esta vez. Necesito una buena carcajada, siempre. No solo por ‘eso’, siempre. Como necesito saber que habrá agua en donde esté y como necesité reorganizar los reproductores de audio en un evento hoy para que los dos de color idéntico flanquearan al de color distinto.

De nuevo, Gervais extiende el límite. Derek, quien trabaja en un hogar para ancianos, es lento. Muy lento. I am Sam lento. En otro momento, me habría sentido incómodo. Ahora, estoy sonriendo durante todo el capítulo, con todo y que la cosa “mockumentary” ya la empiezo a sentir forzada. Pero entonces llegó la última parte.  En ella, Joan, la viejecilla favorita de Derek, muere. Ah, sí. Spoiler alert. La gente muere. El hombre regresa con un boleto rascable para decirle a su amiga que ha ganado 10 libras. Una suerte increíble.

Entrecierro los ojos. Llevo semanas en frío. Llevo días de intentarlo. Llevo cientos de horas hueco. Estoico.

Y entonces, Derek habla a la cámara.

“La extraño. Y no está aquí para hacerme sentir mejor. Ella solía hacerme sentir mejor”

Y ahí, después de todos esos días, semanas, horas de reprimirme a mí mismo, me pongo a berrear. Como un niño. Como si tuviera cinco años. Mientras escribía todo esto, lo hice también.

“Kindness is magic, Derek. ‘Cause is more important to be kind than clever or good-looking”

He tenido la fortuna de toparme con gente maravillosa. Con gente para la cual siempre tienes una sonrisa. Con gente que siempre está contenta de verte y a quien te da un gusto genuino estrecharles la mano, darles un abrazo o hasta ofrecerles salir a fumar. Soy todavía más afortunado, porque la mayoría de ellos siguen ahí, corriendo de un lado a otro, con hijos, nietos, sobrinas o trabajos divertidos. O con trabajos aburridos, pero tardes maravillosas llenas de lattes y gatos. O de Gatorade y perros. O de abrazos e insultos llenos de camaradería. Y mi suerte es todavía más grande, porque algunos de ellos, aunque no estén aquí ya, aunque se tengan que ir, me enseñaron cosas increíbles. A buscar ser mejor, en el trabajo, en las relaciones o en atarme los zapatos. Gente brillante que habría tenido todo el derecho de tratarme como a un morlock, pero que en lugar de ello me ofrecía la mano, una palabra cálida, un saludo lleno de afecto y hasta consejos cuando se les pedían. Todo, con amabilidad, sin egos.

Sí, estoy deprimido. Creo que es la primera vez que lo admito ante un montón de gente que no conozco. Pero voy a seguir. Voy a caminar. Voy a encender un cigarro, beber algo de agua y buscar la siguiente noticia, preparar el próximo evento, especular y analizar las acciones de Compañía A y Compañía B y me voy a emocionar por la siguiente película, el episodio siguiente, el libro pendiente y el cabello de alguien y los abrazos y los dulces y las dietas y la Coca Light y las verduras ¿Cómo no voy a querer seguir avanzando si al final del camino, me espera esa sonrisa de nuevo?

“Ya vine, abuelita”

“Qué milagro”

La quiero mucho, Doña Natalia. Cuídeme, por favor. Y Rafa, carajo, qué privilegio que mi nombre haya estado junto al tuyo. No lo merezco. Gracias a los dos, por la gentileza. Fue mágico.