Los Vengadores [Opinión]

Como siempre, esto está libre de spoilers.

Para los no iniciados, The Avengers es un grupo de superhéroes de Marvel Comics. Básicamente y cómo lo repitió una y otra vez Samuel L. Jackson como Nick Fury en su versión Ultimate en los promos de la adaptación cinematográfica, es un grupo de personas extraordinarias que pelearía las batallas que los humanos regulares no podrían. Una suerte de comando ultraespecializado y enriquecido con sueros del supersoldado, ingenio, rayos gamma y poderes más allá de la imaginación.

Primero: no teman. No les han contado toda la película con los clips que han puesto en línea los equipos de Marvel/Disney. Cualquiera nota que vimos, descargamos y desmenuzamos básicamente tres o cuatro secuencias de la cinta. Un poco de problemas para reunirlos. Un poco de problemas entre ellos. Un poco de nalguitas de Scarlett Johansson (el apócope ScarJo me parece vomitivo), un poco de badassery del BMF de nuestros tiempos tarantinescos, precuelescos y, ahora (de nuevo) josswhedonescos. Tan solo la primera secuencia nos quita la duda: hay más que ver. Pero me estoy adelantando.

Después de un intento fallido para entrar a mojar los pantaloncillos como cualquiera que haya crecido comprando cómics traducidos en formato avestruz (compré mi entrada para una versión subtitulada y el personal del cine decidió que la proyectarían doblada porque “casi nadie entra a verla en inglés”), me dispuse a averiguar si había pasado lo mejor o lo peor. Es decir, si Joss Whedon, el JJ Abrams de hace 35 millones de años, había logrado reunir a los Vengadores o si tan solo era un collage de glory shots para el fan. Y sí, tiene mucho de lo segundo, aunque eso no es necesariamente malo.

De acuerdo. Joss Whedon no es el JJ Abrams de hace tres eras glaciales, pero sí es uno de los que les abrió el camino a todos los encargados de las franquicias, ejem, nerds, digamos, que ahora gozan de una salud inmadreable. Con Firefly, su serie de televisión, se convirtió en uno de esos realizadores de culto que son aclamados, amados, recordados… en círculos sociales microscópicos. Déjenme regresar sobre eso y tacharlo. Que eran reconocidos solo en círculos sociales diminutos que ahora se han ampliado. Todavía recuerdo cuando se anunció que tomaría el mando de una serie basada en una película que él mismo había escrito y tremendamente mala, Buffy the Vampire Slayer (¡tenía a Dylan de 90210 en el reparto!) y lo ridículo que sonaba aquello. Varios años después y más allá de la cancelación, el título todavía existe a manera de cómic.

Había un par de preocupaciones en la mente de muchos. Primero: ¿puede funcionar este ecléctico grupo de actores como un equipo? Vamos, cuatro nominados al Oscar (Downey Jr, Renner, Ruffalo y Jackson), una musa de Woody Allen,.un carabonita con la maleta a cuestas de La Antorcha Humana, un actor cuyo papel memorable fue en una serie de comedia de una egresada de Seinfeld, el papá de Jim Kirk en la nueva línea temporal de Star Trek y un actor británico que la mayoría de la gente ubicó por vez primera en Thor. De hecho, en la misma cinta, haciendo honor a la metaficción, se hace esa misma pregunta ¿de verdad este equipo puede volverse eso, un equipo? Y la otra, más en el plano geeky ¿qué tipo de amenaza se necesita para que un dios, un Batman sin la parte psicótica, un all american hero, un arquero (hey, los superhéroes también pueden ser análogos), un Jekyll/Hyde moderno y una asesina profesional se unan para combatirla?

En la primera cuestión entra Whedon. Sus productos (Buffy, Firefly, Dollhouse) tienen características en común. Todos son productos “de ensamble”, el peso cae más en las interacciones de los personajes, en su desarrollo. Como creador, Whedon tiene ello muy bien ensayado. No hay lone wolfs y, cuando los hay, siempre terminan integrándose a las dinámicas. River Tam, Spike. Las historias siempre tienen un elemento fantástico: la porrista que se vuelve cazavampiros, la autómata de carita adorable que te puede patear el culo, la asesina/espía con memoria intercambiable. Y, al mismo tiempo, Whedon siempre atiborra cada una de estas sagas con elementos de cultura pop, referencias a otros medios y one liners ominosos. Y, encima de todo, corazón. Cada uno de los personajes de esos programas de TV tenía una personalidad definida, establecida, estudiada, desarrollada. Mientras que un show que presentaba a un alegre grupo de pistoleros en un western espacial no fue precisamente la píldora que podía tragar el televidente estándar de Fox (de ahí la cancelación), quienes se volvieron asiduos a Firefly lo hicieron por algo que, desde mi punto de vista, Kenneth Branagh no logró del todo en Thor, por ejemplo. Que los protagonistas le importaran al espectador. Que sus luchas internas, sus decisiones, sus muertes fueran un asunto con significado. Con trascendencia. Una buena parte de la película muestra justo eso, las luchas emocionales, los conflictos personales y luego grupales que tiene un grupo de héroes que en el papel han alimentado los sueños y ocupado las tardes de varias generaciones. No es una presentación recontrasobada y manoseada, resulta más bien una redimensión de cada uno de ellos. Un salto del 2D literario en el que se quedaron un par (La Viuda Negra es un buen ejemplo) al 3D cinematográfico. Hey, miren, tienen otras cosas en sus vidas. Motivaciones. Secretos. Necesidades de expiación, de valoración, de redención, de prueba de valía.

En la segunda pregunta, Zak Penn, el guionista (junto con Whedon), que se ha aventado bombas insufribles como Elektra y X-Men: The Last Stand y aciertos muy disfrutables, como X2 y The Incredible Hulk, tuvo muchos puntos a favor en un gran número de secuencias. Pero también tropieza y deja a la deriva detalles que se explican de manera demasiado simple. Demasiado simple en cualquier medio, en cualquier historia y con más razón en un universo en el que hay personas en mallas con poderes ultraterrenos. Pero los puntos a favor sobrepasan a los que están en contra, sin duda.

En The Avengers, ese hilo conductor del resto de las películas del Universo Marvel, Nick Fury, tiene la mierda hasta el cuello. Los estudios del Tesseract, que el fan promedio conoce como el Cubo Cósmico, los han puesto en estado de alerta. Ya saben, el asunto de Prometeo y el fuego, Ícaro y el Sol. El Arca de la Alianza y los Nazis. Ese poder fuera de la comprensión del humano y con el que no debes joder. No es algo nuevo: el cubo aparece en las adaptaciones de Capitán América y Thor. Ya habíamos visto en la segunda (y si no lo saben, brinquen lo siguiente, pero vean el resto de las películas ya) que Loki había sobrevivido a su proverbial caída del reino de Asgard en alguna forma cósmica y que desde la escena al final de los créditos había empezado a hacer rodar la bola de nieve. Loki tiene un ejército, cuya identidad se había guardado hasta hace unos días y que “definitivamente no son los Skrull”, según Whedon, pero según el Universo Ultimate la historia es distinta. Una raza del otro confín del universo que viene a destruir y conquistar. Entonces, es responsabilidad de SHIELD el convocar a los fallidos y falibles héroes, para intentar salvar al mundo. La parte de “falibles” es importante y es una de las razones por las que los lectores de Marvel Comics aman a sus personajes: no tienen la vida resuelta, no son superhumanos y ya. Son seres llenos de inseguridades, de defectos, de cojeras emocionales y sociales. En suma, son un reflejo de cualquiera que pose sus ojos en una de sus historias. Son reflejos del lector, del espectador.

Los egos chocan. Uno de mis temores era evidente para cualquiera: ¿se volverá un Iron Man y sus sorprendentes amigos? La respuesta, sorprendente de hecho, es no. Tony Stark Downey Jr no opaca a sus compañeros y sus colaboradores no son simples títeres. La película no es un mosaico de viñetas en las que las interacciones estén forzadas. Resulta muy refrescante ver una historia de este tipo en la que se pueden ver los puntos de apoyo entre los protagonistas, así como los desencuentros por sus propios equipajes emocionales. Sí, Thor es lo más parecido a una figura mítica y teológica que se puede tener, pero no tiene el cerebro de Stark. Sí, Hawkeye y Black Widow son humanos que pelean con las manos, con armas, con piedras. Pero Hulk no tiene su sentido de la estrategia. Cada engrane se acopla con los otros, cambian de posición, de tempo, de ritmo cada vez que se forman y se diluyen parejas, tríos, quintetos.

De manera individual, cada uno de los personajes exhibe rasgos de su personalidad que no fueron tan evidentes en sus one-shots. Tony Stark ya está aprendiendo a trabajar en equipo. Bruce Banner ya no se transforma en un Goliat verde de manera tan sencilla e incontrolable. Thor ha aprendido de sus errores. El Cap America es uno de esos republicanos irredentos que se compran un rifle para “proteger su casa” y el combo Black Widow/Hawkeye tienen más profundidad que la de sus cameos.

Los últimos 40 minutos de la cinta son lo que cualquiera que quiere sentarse a comer palomitas y reír, gritar y emocionarse espera de una cinta veraniega. Cada uno realiza su parte, cada uno tiene su momento de gloria. Cada personaje que tiene algo que redimir, lo hace, lo logra. El equipo funciona. La dinámica entre ellos se activa. El planeta (ok, Nueva York y, ok, ok, Manhattan) vuelve quedar hecho mierda, pero no en el punto en el que no se pueda volver a edificar, a construir. A renacer. Y Whedon, famoso por no tomarse a si mismo demasiado en serio, espolvorea momentos de humor alocado, de sentimiento whedonesco y comicbooky que el espectador agradece con risas, con expresiones de asombro.Toda la batalla va en un crescendo que te deja con las nalguitas bien puestas en el asiento, la boca abierta y la sonrisa sencilla, otorgada con gusto.

Para los comic nazis, esos que acuden a las conferencias para preguntarle a un autor por qué en la página 27 de la Saga de lo Que Quieran hay un trazo más delgado que en la 13 del siguiente número y que preparan su teas (virtuales, claro) para sacrificar a directores y guionistas porque el origen de los personajes, el grupo o la mascota de alguno de ellos no fue respetado, tengan calma. Este no es el cómic, este no es el autor original, esto es una adaptación. Esa es la palabra clave, no es una calca, porque además ese mismo universo tiene muchas variaciones. Es como quejarse que la historia de Hermione y los elfos domésticos nunca se tocó en las adaptaciones de Harry Potter o que Peter Parker se peina de otra manera. Es una batalla que nunca van a ganar porque, ja, esta película no es solo para ustedes. Es para los niños que están por llenar las salas, para los estudiantes que tienen un par de horas libres después de la escuela, para los novios que van a ir a fajar al cine, para ganar dinero. Entonces, debe apelar a un gran número de personas.

El veredicto vayan al cine. Coman palomitas. Rían, aplaudan, enamórense de los personajes. No es una película que vaya a cambiar al mundo y tampoco la historia del cine. Pero sí es muy divertida, con un poco más de carnita de la habitual para el cine de superhéroes. Y definitivamente me la compraré en edición triple con Ultraviolet, Blu-ray, DVD y VHS si se les ocurre armar un paquete vintage.

Eso sí: no la vean en 3D, IMAX ni ninguna combinación del estilo. La conversión no le ayuda en mucho y, si se sentaron a ver Hugo, esto les va a parecer un chiste. Vayan a una sala regular, como en esos días de antaño. Tiene momentos para todos los gustos. Ah y quédense al final de los créditos. Y si tienen dudas después de ello, ya saben, pueden enviarlas al correo (alexserna@laberintobbs.com), dejar un comentario o preguntar vía Twitter a cualquiera de los integrantes de Mongo. Bueno, a Daniel y a Monz que son los expertos en cómics.

The Avengers did assemble.

Consideraciones acerca de Instagram, iOS, Android, la obsesión, el uso y el abuso

Lo he dicho en varias ocasiones: no me compraría un iPhone. No un iPhone 4S, no un 4 y definitivamente no un 3GS. Hay tres razones de mucho peso para mí: la batería es una broma (a diferencia de iPad, por ejemplo), no son nada personalizables y son teléfonos muy frágiles. Muy, muy frágiles. Esto me interesa porque uso continuamente el teléfono durante el día y no quiero quedarme sin energía en algún momento crucial, quiero tener la libertad de cambiar la interfaz (que no es lo mismo que el OS, ojo) a voluntad y soy un tipo torpe con las manos, siempre estoy tirando las llaves, el celular y demás.

También he dicho que si Apple solucionara por lo menos dos de esos tres problemas, consideraría adquirir un iPhone. Me gusta el sistema operativo a pesar de que deja atrás a los usuarios de modelos retrasados por dos generaciones de la actual y, más que el OS, el mercado de aplicaciones tiene el catálogo más nutrido. Si la pantalla y el reverso no estuviesen hechos de cristal que se va a romper a la menor provocación y no se empezara a morir después de subir cuatro fotos a alguna red social y recibir 30 correos, me daría por bien servido. Hasta podría dejar de lado el que todos los iPhones del mundo se ven idénticos. Pero cualquier usuario de iOS sabe que después de la segunda actualización importante de sistema operativo, los gadgets de Apple empiezan a fallar misteriosamente y la batería sufre para lograr la mitad de lo que duraba seis meses antes.

Prefiero Android. En telefonía portátil me parece lo mejor, lo que satisface mis necesidades. Soy un tipo al que le gusta menear las configuraciones y no dejar las de fábrica. Soy el tipo que cuando se compra una computadora, lo primero que hace es quitarle el bloatware y cambiar el wallpaper de la marca. En entretenimiento, es decir, en tabletas, Android es un dolor de huevos y iPad funciona maravillosamente. No he tenido en mis manos un reproductor de música con el OS de Google para probar, así que en ese caso me quedaré con la duda. Pero no me quejo de ninguna de las encarnaciones de iPod que he tenido.

Y entonces, hoy apareció una app característica de iOS, pero para Android. Instagram. Cue a gritos desgarradores. Cue a burlas incesantes.

Tengo varios amigos, Panchito, Edmundo, Carlos, Luis, que son fieles a Apple. Constantemente nos hacemos burlas acerca de los errores y deficiencias en uno y otro sistema. Yo les espeto un “iWhore” y ellos me dicen que la pantalla de mi teléfono se ve verde. Y ya. Ahí se queda. Pasa lo mismo con El Chaco Veloz (que hizo el cambio de Android a iOS), un par de bromas, un par de chistes, de uno a uno. Y luego cada quien se queda con su elección y nada cambia. Y somos igual de amigos.

Ah, pero con la salida de hoy, algunos fans de Apple lloraron la pérdida de su app favorita. Que además, sigue en iOS, tan campante. Luego algunos tacharon de pobres (¿?) a los usuarios de Android y después llegó la inevitable estampida de malos chistes en muchas redes sociales. Yo descargué la app, hice una foto de prueba, seguí a mis contactos. Porque quiero probarla. Pero otros usuarios de Android se dedicaron a contestar lo que decían los de Apple y entonces todo se convirtió en lo que siempre termina una discusión entre personas sin criterio en México.

Un pleito de lavaderos, dentro del quinto patio en una vecindad de 1958.

Me encanta que haya argumentos. Amo las discusiones basadas en razonamientos lógicos. Pero lo que he leído hoy son generalizaciones idiotas de uno y otro bando. Aquellos  son mamones. Esos son elitistas. Los de allá no saben nada y los de acá tienen mocos y cerilla y caca y fuchi.

Sí, en ese nivel estuvieron las observaciones de hoy. Entonces, me permito hacer algunos señalamientos que unos y otros están olvidando, creo.

  • En Instagram pueden ponerse las imágenes sin filtros. Es decir, si decides tomar una foto con tu HTC y simplemente subirla como es y no darle aspecto de Polaroid, se puede hacer. No es forzoso que parezca que tienen 34 años de capturadas.

  • Cada sistema operativo tiene ventajas y desventajas. Y los precios son más o menos similares dependiendo del teléfono y la capacidad. En algunos casos, iPhone es mucho más caro, pero traten de comprarse un teléfono de Samsung el día de su salida al mercado y verán que la brecha no es tanta.

  • “Pobre” no es un insulto. No mamen. Déjenme repetir eso: no mamen. Las personas que usan la palabra de esa manera son las mismas que se quejan amargamente de que el hombre más rico del mundo sea mexicano y hacen conteos de cuántas cajas de galletas y bolsas de frijol se podrían comprar a cada uno de los habitantes del país si Carlos Slim, ay, no fuese Rico McPato.

  • Hay usuarios elitistas, assholes, amables, idiotas, asnos, inexpertos, geniales en todas las plataformas. BlackBerry, Windows Phone, iOS, Android. No depende del teléfono que compres, depende del individuo y lo que quiera hacer con el equipo. A muchos se los asignan en el trabajo.

  • Instagram es una red social. Repitan conmigo, red social. Es decir, no ves lo que no quieres ver, no te ven los que no quieres que te vean. Así que si eres usuario de un OS en particular y no quieres ver lo que fotografían los de enfrente, no los agregues a tu stream. Es muy sencillo, todo lo que tienes que hacer es… nada.

  • Tu elección de sistema operativo móvil no te vuelve un artista o un hácker. Así de simple.

  • Instagram no sustituye a: un curso de fotografía, una cámara con objetivos, exposímetros, iluminación, técnica y talento.

  • En el mismo tenor, que haya nuevos usuarios de otro sistema operativo no quiere decir que no vayan a tomar fotos interesantes. O que sí. Es un asunto de ‘caso por caso’. He visto fotos compartidas en Twitter por usuarios hardcore de iOS que deciden que lo más artístico que pueden mostrar al mundo son sus calcetines. Y, miren, hasta unos calcetines pueden resultar interesantes. Todo está en la composición.

  • Por último: Instagram, la empresa, es la que puso a disposición de Android la aplicación. Ellos la desarrollaron, ellos la enviaron a Google Play para su publicación, ellos mismos harán lo propio para Windows Phone. Los usuarios de Android no hicieron ninguna de esas cosas. Es eso que llaman “negocio”. El mercado de Android crece diariamente, el mercado de Windows Phone podría hacer lo mismo a partir de su enlace con Nokia. Y quieren aprovechar la oportunidad. Así se mueve el mundo.

Ahora ¿qué opino yo? Instagram me gustó, creo que tienen muy bien ensayado el aspecto interactivo, que es algo que no está tan bien en apps similares como Picplz y Lightbox. Ya he agregado a mis amigos y no creo que vaya a compartir todas y cada una de las fotografías que tome a través de Twitter y Facebook, cosa que me parece muy molesta en otros usuarios. Y no, no voy a pretender ser todo artsy-fartsy o lo contrario, capturar fotos crudas y asquerosas solo porque “soy de Android y cómanse mi caca los de iOS”. El mundo es bastante grande para todos.

Mongo va a los Oscar 2012

Pues es esa época del año de nuevo. El calor empieza a regresar, los árboles reverdecen y la gente que pretende hacerse la cinéfila vuelve a comportarse como como crítico de cine de Tiempo Libre, tratando de descalificar a las películas que están nominadas a los Premios de la Academia, particularmente si las cintas en cuestión son del gusto de la gente. El famoso “ash, ni está tan buena”.

Y, claro, también es la época en la que se nos ocurre hacer una especie de chat/conferencia/transmisión/comentario alterno de los Oscar. Y es que nos gusta ver la ceremonia, checar varias de las películas en las categorías “fuertes” y, sobre todo, no tener que escuchar la traducción de TNT.

La cosa se hace vía Skype.  La razón: los servicios de streaming tienen un retraso en su, eh, transmisión, lo cual hace que todo el asunto no tenga sincronización entre lo que decimos y lo que se ve en.pantalla.

Entonces, necesitan una cuenta de Skype. No es nada complicado usarlo y hay en sabores iOS, Android, Windows, Mac. Y luego, agreguen mi cuenta, que como podrán ver es la cúspide de la creatividad:

lexkype

Vayan añadiendo ese usuario a sus cuentas. Como ya saben, el domingo 26 es la entrega y procuraremos empezar el asunto a las 18:50, tiempo del centro de México. Dudas y demás, en los comentarios o vía Twitter.

De los lectores

Los lectores son una cosa curiosa. Para quienes nos dedicamos a, uh, escribir, a veces son fantasmas sin rostro, otras son nuestros tiranos. Es decir, en ocasiones nos leen silenciosamente y simplemente siguen consumiendo. Y los otros nos pelean cada sílaba, cada idea, cada typo. Cada tema en el que están de acuerdo o en desacuerdo.

En el medio editorial, esto es, cuando hablamos de revistas y periódicos, recibimos correos (quisiera que me hubieran llegado cartas físicas), pero la comunicación es un poco unilateral. En los medios digitales, gracias a los comentarios en los blogs, a Twitter y hasta a Facebook, de inmediato sabemos quiénes nos han leído, quiénes no pusieron mucha atención y a quiénes les ha movido algo. La famosa “fibra”, la aceptación o la negación.

Pero muchas veces, ustedes, que están por allá en sus casas, en su escuela, en su trabajo o contemplando su celular o tableta, no se enteran de qué es lo que pasa de este lado de las teclas. De este lado de la pantalla. Les contaré un poco y espero que no se sientan ofendidos por algunos de mis observaciones.

Generalmente gente como Ruy Xoconostle, como Alejandro ‘Wookie’ García Williams, como la inenarrable Ollin Islas, como Giobany Arévalo, como Carlos Gutiérrez, como Luis Miranda, se desviven. Des-vi-ven por ustedes. Se sientan a escribir un artículo, un post, a traducir y adaptar un cómic. A idear qué es lo que podría interesarles a ustedes y en qué pueden pasar su tiempo. No es solo la elección de un tema, no, es pensarlo, entenderlo, dominarlo y, al final, dejar todo el corazón ahí. Cada uno de los artículos que han leído de cualquiera de ellos y, permítanme incluir a este que les habla, es como una relación tormentosa y pasional. Tiene ese mismo nivel de obsesión, de amor, de cuidado. Y nosotros, cada uno, nos buscamos otro cuando terminamos con el anterior. Y otro. Y otro.

Entonces llegan las observaciones y comentarios de los lectores. Esto es a título personal: a veces me decepcionaba enormemente. Me preguntaban cosas que estaban escritas en los artículos o destacadas en recuadros o simplemente escribía “primero” en un post. Sí, llegué a pensar si ese era el fin, la meta, si toda esa dedicación simplemente no había sido necesaria. Pero… el siguiente artículo, el siguiente post estaban todavía más cuidados y más llenos de información. Y todo contado de una manera que los pudiera satisfacer.

Y luego hay otros lectores que te hacen el día con un par de palabras. Con un agradecimiento. Con un gesto de buena voluntad. No se crean, cobrar por lo que amas es increíble. Pero eso palmadita en la espalda, a veces a distancia, a veces física, siempre se agradece. Es una de esas cosas que suenan pequeñas, pero que alimentan enormemente la salud emocional y mental de estos locos que se dedican a pasarles información interesante y llena de datos de trivia.

También están los trolls, claro. Yo siempre agradeceré a los trolls. Son una maravilla. Están llenos de necesidad de que alguien les conteste y ¿no somos así todos? ¿No queremos acercarnos a los de al lado y simplemente platicar? Claro, muchos ya pasamos de la etapa en la que les jalábamos las trenzas a las niñas, pero otros no. Y ahí están, fieles a lo que les damos, ansiosos de un comentario.

Todo esto viene a cuento porque a partir de hoy dejo mi puesto en la empresa para la que trabajaba. Sé que muchos de ustedes me seguían por allá solo por la distinción y el honor que me otorgan en este blog medio abandonado, en las revistas en las que he colaborado, en los sitios en los que me han permitido que les quite varios minutos de sus días. Esto no quiere decir que deje de dedicarme a esto, nah. Ya saben, no me puedo estar quieto. Pero sí es una especie de agradecimiento por todo lo que me dan, que, aunque a algunos de ustedes pudiese parecerles mínimo, para mí son esos momentos los que le dan un tinte mucho más dulce a esta profesión. A esta vocación. A este amor por escribir, leer y ser leído.

Gracias, siempre.

De las modas, la bipolaridad, el bullying y los geeks

Las modas, las etiquetas, siempre han existido. Cuando estaba en la preparatoria había de varias sopas: eras rockero, eras naco, eras jipi o darky. Yo opté por la quinta opción: yo era Alejandro. Es la que mejor me ha funcionado a través de cada una de las etapas de mi vida. Eso no quiere decir que no cayera en la ridiculez de comprarme una camiseta con la Virgen de Guadalupe o de atarme la camisa de franela a la cintura. Esas cosas suceden. Pero nunca fui rocker, jipi, darky, naco. Eran los 90 y se empezaba a saborear el insípido gusto del final del siglo. Bueh, todos vimos Fight Club ¿no?

La cosa es que 10 años antes había menos moldes en los que se podía caber. Otros 10 años antes eras, prácticamente, pacifista o proguerra. Pero demos un salto hacia adelante, hagamos un fast forward. Después del 31 de diciembre de 1999 la mayoría de la gente se dio cuenta de que los cambios tan cacareados no llegaban y que hasta el Y2K había sido un chiste sin remate. Y esos mismos se quedaron esperando a que algo pasara. No un evento en específico, solo “algo”.

Casi década y media después, siguen esperando.

Del 2000 para acá, el mundo ha estado persiguiéndose la cola esperando a capturarla y que proporcione todas las respuestas que no tenemos. Esto es, desde hace 12 años hemos visto remakes de todas las eras que ya vivimos. Bueno, seamos justos, solo de 1950 a la fecha. De pronto lo que está bien es el swing, luego la música de cámara, luego combinar ambas, después los pantalones acampanados y cinco minutos después las mallas y las blusas que usaban las abuelas.

Es una época casi completamente desprovista de identidad.

Cuando todo falla, cuando nos damos cuenta de que es la tercera venida de los 80 (y sí, lo digo en ambos sentidos), empezamos a buscar personajes. Moldes. Todo lo que podamos usar se recicla.

Si hay un rasgo en la personalidad de este siglo, particularmente de su segunda década, es la exageración, la teatralidad. Asuntos que han pasado desde hace años ahora son ensalzados, inflados, vitaminados y adicionados con proteínas para tomar un lugar. Para estar dentro del “algo”. Ya saben, “la cosa”. Ese englobar. Ese “ser parte de”.

Ustedes pueden dar cuenta de estos aspavientos y exageraciones en sus redes sociales de elección. Todas las fiestas son, según quién les informe, bacanales romanas, orgías desenfrenadas, borracheras infinitas. Todas las vacaciones son las más increíbles de toda la historia y todas dejan a los protagonistas tan cansados que “necesitan vacaciones de las vacaciones”. Puag, por cierto. Todos los jefes son monstruos horribles, todos trabajan en Mordor, todos van al Concierto. El Concierto puede ser de cualquiera: Sabina, Daft Punk, Los Amigos Invisibles o Pulp. Todos, también, terminan vendiendo los boletos en fila preferencial con derecho a tres escupitajos del vocalista un par de semanas antes porque “ese día tengo que viajar” o “es que rompí con mi novia” o “es que en el Palacio de los Deportes se va a escuchar horrible”.

Y si hay algo que realmente se ha extendido como una jodida plaga, es el pretender que se tiene un desequilibrio emocional o psicológico. Que para el caso es justo lo mismo. No sé cuántas cuentas de Twitter he bloqueado nada más por la declaración mongólica en la bio de “soy bipolar”. Vamos, ni siquiera saben qué significa. Otros, ensimismados en sus propias flaquezas, se declaran “Forever Alone”, pero no hacen nada por salir y tomarse un café con alguien. O por acariciarle las nalguitas a alguien. O por whatsappear con alguien. Se sientan frente a la vieja HP con Windows XP a quejarse de que nadie los invita a salir, pero tampoco van y se le plantan en la cara a nadie. Todos resultan hijos sin padre, hijas sin madre, papás sin hijo, pero con perro, amantes de los animales, pero alérgicos. Se vuelve todo una canción de Arjona.

Hace unas semanas, en esa maravilla de la socialización aislante (marca registrada) llamada Facebook, un amigo (que no mencionaré) declaraba que lo del bullying era una exageración en muchos casos. Permítanme poner mi opinión acá: a huevo. Hay rites of passage, caminos que tienen que recorrerse, entrenamientos para ciertas cosas. Hay quienes tienen una personalidad dominante y aplican el calzón chino y hay quienes se van a su casa con la ropa interior bien metida en el culo. Hasta que un día los segundos deciden que ya no va a pasar. Y no hablo de una situación dramática a lo Scott Pilgrim en la que con sus propios puños se defienden del abusón del colegio aplicándole un golpe que desafía a las leyes de la física como las conocemos y que envía al “malo” a orbitar Saturno. Nah. Simplemente llega el momento en el que… ya no se es molestado. Ya no se contestan cosas fuera de lugar. Ya se decide que tal vez es mejor no ser sumiso y agachón y explotar las fortalezas propias. Y la vida sigue.

Pero, regresando a Facebook, después de la declaración de mi amigo, llegó un comentario de una madre. En la pantalla pretendía estar ofendida por la aseveración, aseguraba que el bullying era muy real y que su hijo lo había sufrido por me-ses. A ver, pausa, rewind, play. Por meses.

La mujer se leía casi orgullosa. Y es lo que les decía, en esta época de millones de caras iguales, de miles de discos idénticos, de películas que son el remake de la adptación al cine del musical de Broadway inspirado en la película basada en el libro, todos buscan tener un “asunto”. Una linda clasificación en la que se pueda respirar a gusto y decir “esto me acomoda”. Y lo que le acomodó a esta mujer fue decir que a su hijo lo agarraban a coscorrones todos los días.

¿Te cae?

Es fácil rebatir esa lógica. De acuerdo, sí hay abusones reincidentes. De acuerdo, si hay abusados crónicos. Pero ¿meses? ¿En serio? ¿Qué clase de padre tienes que ser para no guiar a tu Mini Me para que no lo jodan en la escuela? O en el parque. O en la vida, coño. Cuando alguien dice que su hijo ha sufrido bullying por meses ¿no deberíamos analizar qué putas han estado haciendo los papás todo ese chingado tiempo? No estoy en pro de la violencia física, pero cuando llevas semanas (se-ma-nas) en la misma rutina de que te usen de trapeador de la escuela, hijomío, dale un madrazo. O, hijomío, acabo de hablar con las autoridades de la escuela. O, hijomío, te voy a cambiar de colegio. Pero, de nuevo, en un periodo de semanas. Cuando alguien habla de meses me dice que no ha hecho un carajo y que el que se chinguen día y tardes a su aybebepedacitodealgodón es casi casi como una insignia de Foursquare que le otorgará crédito en la Bad Parenting Store. Logro desbloqueado, soy papá de un niño que sufre bullying. Achievement unlocked, mi hijo es geek. Felicidades, señora, es un nerd hecho y derecho. Señor, su hijo es definitivamente emo. O ranchero. O postneopunketo. Porque todos deben tener un tagline, todos deben tener una sinopsis, todos somos depresivos crónicos, iracundos violentos, amantes insaciables, ninfómanas calenturientas, perfeccionistas inconformes, niños eternos, solitarios melancólicos, nostálgicos anacrónicos, entepreneurs exitosos, hipsters malencarados y expertos en todo. Absolutamente en todo.

Pero, lo que no somos, es nosotros mismos.