De los absolutos
En algún momento de la historia de la humanidad, alguien dijo: “hey, si llamo uno a esta cosa y dos a un par de cosas ¿cómo le llamo a la ausencia de cosas?”. Y entonces, llegó el cero. El todopoderoso y omnipresente y completamente vacío, pero terriblemente determinante cero. Ese dígito que, si te pones a su derecha te despoja de importancia, mientras más alejado estés y que incrementa tu estatus si lo dejas detrás a la izquierda.
Luego, alguien pensó: “hey, debe haber algo antes del cero”. Y empezaron los números negativos y toda esa vaina de la que no vamos a hablar aquí. Los científicos son los grandes bipolares limítrofes del pensamiento. Si todo es simple, buscan hacerlo más complicado, porque si no lo es ¿entonces en qué se van a entretener después?
Pero siempre llega alguien más que dice: “no. Tiene que haber un valor absoluto, algo definitivo, el punto del que ya no puedes pasar. El restaurante en el final del universo. Y se les ocurren valores varios, hacen observaciones, realizan experimentos con datos inconclusos. Y determinan el ‘no va más’, el non plus ultra. El letrero que dice que usted está aquí, pero que no hay más allá. Y lo llaman cero absoluto.
No soy fanático de los absolutos.
Verán, no creo que las cosas sean tan definitivas siempre. Ya saben, excepto la muerte y los impuestos y hasta éstos últimos pueden torcerse y manipularse como si fuesen animales hechos con globos. No digo que siempre haya pensado igual, pero desde hace algunos lustros deduje que no todo podía ser hecho en serie, que no todo era llano, uniforme y gris. Es decir ¿cuántas veces han escuchado que los hombres preferimos los deportes y que ni siquiera escuchamos a nadie cuando los vemos? ¿O que las mujeres gustan de comprar zapatos en cantidades que harían palidecer a Imelda Marcos?
A mí nunca me han gustado los deportes. Es decir, no al grado de ser seguidor de este equipo u otro. Pero digamos que lo intercambio por mi gusto por las películas, los videojuegos o las series de TV. No ha habido un momento en el que yo deje de hacer caso de situaciones importantes por ver el final de temporada de Serie de Comedia, por ejemplo. Tengo amigas cuyo clóset tiene la mitad de pares de zapatos que yo poseo y que no tienen idea de quién coño es Manolo Blanik. Y, de esa parte del diagrama de Venn, algunas lloran con películas de Meg Ryan y otras prefieren ver blockbusters veraniegos.
Por eso, cuando leo/escucho/veo la repetitiva y sobadísima perorata de: “es que las mujeres son así y los hombres son asá y no hay nada en el mundo que puedas hacer para cambiarlo” no sé cómo sentirme. Es decir, para creer ese tipo de aseveraciones, según mis cálculos, se necesitaría que quien las enunciara hubiese vivido toda su vida encerrado y que su contacto se hubiese limitado a una sola persona de cada género. Me causa asco ver los títulos en la sección de libros de autoayuda. Ya saben, los hombres son marcianos y las mujeres venusinas. Y ahí va el lector despistado, ahí va la lectora que cree todo lo que esté en papel a pensar que nuestros cerebros están cableados de manera distinta. Y a perpetuar clichés que hacen infelices a muchos, porque nunca se cumplen como ellos creen.
Yo sé, hay estudios que demuestran que la actividad cerebral de ciertas mujeres es distinta a la de ciertos hombres. Pero algo que nadie les va a decir es que la ciencia jamás es exacta. Lo que ayer les contó el chamán lo descarta Galileo. Lo que hace cinco minutos era verdad de Einstein himself, Hawking lo manosea y lo replantea.
Hace cincuenta años los doctores recomendaban fumar. Hoy te exilian a la calle. Hace veinte el café era malo, luego bueno, luego el Diablo. Hoy es de nuevo el héroe desconocido y mañana será el (redoble) asesino silencioso. Todo, absolutamente todo, sigue moviéndose, cambiando, adaptándose. Hasta en la personalidad de la gente. Sin razón, antes siempre le ponía mala cara a quienes me prestaban un servicio, llámese cobrarme en el OXXO, servirme la comida o atenderme en la caja del banco. Ni siquiera lo hacía realmente enojado, era algo que pasaba en automático. Tiempo después lo cambié: le digo hola, buenastardes, buenosdías, comoestás a esas mismas personas. Las llamo por su nombre. Les sonrío. Descubrí que me gustaba más que ponerles cara de “comí carroña y estaba amarga”.
Pero decía, no creo en los absolutos. No creo que la humanidad por entero sea una humeante pila de popó. Son ciertos miembros de ella quienes lo son. No todas las mujeres son adictas a comprar y comen helado cuando se ponen tristes. En este mundo, hay hombres como yo que no sienten nada si se pierden un partido de soccer. O que nos dan flojera los lugares de table dance. No todo lo proveniente de Estados Unidos es imperialista e impositivo, no todos los homosexuales tienen buen gusto y sentido de la estética, la comida callejera no es toda mala o deliciosa, Steve Jobs y Bill Gates no son necesariamente y, en el orden que ustedes gusten y manden, Dios o el Diablo. No todos los fumadores mueren de enfisema, Pixar no es infalible, no todos tus amigos van a quedarse o a abandonarte o a recordarte. No todos lloran cuando escuchan un mariachi entonar Cielito Lindo. Es más, mucha gente ni se la sabe. No todas las historias terminan en final feliz, pero de la misma manera no todas terminan en tragedia. Algunas nunca se acaban. No todo el que escribe ha tenido una vida llena de drogas, prostitutas y enfermedades. No todos los libros, por muy buenos que sean, están destinados a ser venerados por todos. El calor, el frío, la lluvia y la resolana no son disfrutados u odiados por el 100% de los habitantes del planeta al unísono. Mi Dios no tiene por qué ser tu Dios, si es que tienes.
No creo en los absolutos. Tal vez, en algún tiempo, creí en el cero absoluto, en ese no va más, en esa pared, en ese punto del que ya no se puede pasar. Y luego me enteré de que ahora los físicos dicen que hay temperaturas negativas. De acuerdo, no son más frías que el cero, pero ahí están, burlándose del límite, haciéndole gestos a lo que ya sabíamos. Diciéndonos: todavía no lo sabes todo. Nunca lo sabrás.
Digo que no creo en los absolutos. En un universo en el que todo resulta ser de otra manera un siglo, 35 años, cinco segundos después, es imposible que englobemos, etiquetemos y rotulemos. Y ¿saben? me gusta eso. Me gusta esa incertidumbre.
Porque, si todo fuese un guión ya escrito ¿de qué serviría actuarlo?
Siempre se descubre cosas nuevas. Recuerden que antes se cosieraba la homosexualidad enfermedadsexual y aparecia en el Manual de Psicologo. Ahora esta considerada como una preferencia y ya se elimino del manual.
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Por supuesto, de eso se trata este parpadeo; no cerrarte a lo que posees en la mente en este preciso instante, o ver las cosas através del cristal por el que estás mirando en este momento, que claro, si es lo que prefieres, allá tu, es tu derecho.
Pero claro, nada es absoluto, nada, y es eso precisamente lo que da cabida a cada cosa existente en este universo.
Buena vibra.
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No recuerdo ue día leí una noticia de que unos astrónomos descubrieron un agujero negro que se “escapaba” de su sistema o.O. Gran post lex, de lo mejor que te he leido =)
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Me recordó lo del Dr Manhattan, que dice que él también es una marioneta, pero que puede ver los hilos. Bah, prefiero la última frase del Tío Lex.
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Entonces es un cero absoluto que no existen los absolutos.
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Excelente post, nadie tiene esa verdad absoluta!!!
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Yo soy dicta a comprar y comer helado cuando estoy triste… y cuando estoy muy feliz!!! ^^ … dicen que lo único constante en la vida es el cambio… será? … já!
También sé que saberlo todo de todo te hace una persona triste, vacía… ABURRIDA! No hay nada mejor que el NO saber! Es por ello que esa incertidumbre a la que te refieres es IMPOSIBLE no amarla ^^ nos hace descubrir y descubrir, ver más, oír más, probar más… saber más!
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