Las modas, las etiquetas, siempre han existido. Cuando estaba en la preparatoria había de varias sopas: eras rockero, eras naco, eras jipi o darky. Yo opté por la quinta opción: yo era Alejandro. Es la que mejor me ha funcionado a través de cada una de las etapas de mi vida. Eso no quiere decir que no cayera en la ridiculez de comprarme una camiseta con la Virgen de Guadalupe o de atarme la camisa de franela a la cintura. Esas cosas suceden. Pero nunca fui rocker, jipi, darky, naco. Eran los 90 y se empezaba a saborear el insípido gusto del final del siglo. Bueh, todos vimos Fight Club ¿no?
La cosa es que 10 años antes había menos moldes en los que se podía caber. Otros 10 años antes eras, prácticamente, pacifista o proguerra. Pero demos un salto hacia adelante, hagamos un fast forward. Después del 31 de diciembre de 1999 la mayoría de la gente se dio cuenta de que los cambios tan cacareados no llegaban y que hasta el Y2K había sido un chiste sin remate. Y esos mismos se quedaron esperando a que algo pasara. No un evento en específico, solo “algo”.
Casi década y media después, siguen esperando.
Del 2000 para acá, el mundo ha estado persiguiéndose la cola esperando a capturarla y que proporcione todas las respuestas que no tenemos. Esto es, desde hace 12 años hemos visto remakes de todas las eras que ya vivimos. Bueno, seamos justos, solo de 1950 a la fecha. De pronto lo que está bien es el swing, luego la música de cámara, luego combinar ambas, después los pantalones acampanados y cinco minutos después las mallas y las blusas que usaban las abuelas.
Es una época casi completamente desprovista de identidad.
Cuando todo falla, cuando nos damos cuenta de que es la tercera venida de los 80 (y sí, lo digo en ambos sentidos), empezamos a buscar personajes. Moldes. Todo lo que podamos usar se recicla.
Si hay un rasgo en la personalidad de este siglo, particularmente de su segunda década, es la exageración, la teatralidad. Asuntos que han pasado desde hace años ahora son ensalzados, inflados, vitaminados y adicionados con proteínas para tomar un lugar. Para estar dentro del “algo”. Ya saben, “la cosa”. Ese englobar. Ese “ser parte de”.
Ustedes pueden dar cuenta de estos aspavientos y exageraciones en sus redes sociales de elección. Todas las fiestas son, según quién les informe, bacanales romanas, orgías desenfrenadas, borracheras infinitas. Todas las vacaciones son las más increíbles de toda la historia y todas dejan a los protagonistas tan cansados que “necesitan vacaciones de las vacaciones”. Puag, por cierto. Todos los jefes son monstruos horribles, todos trabajan en Mordor, todos van al Concierto. El Concierto puede ser de cualquiera: Sabina, Daft Punk, Los Amigos Invisibles o Pulp. Todos, también, terminan vendiendo los boletos en fila preferencial con derecho a tres escupitajos del vocalista un par de semanas antes porque “ese día tengo que viajar” o “es que rompí con mi novia” o “es que en el Palacio de los Deportes se va a escuchar horrible”.
Y si hay algo que realmente se ha extendido como una jodida plaga, es el pretender que se tiene un desequilibrio emocional o psicológico. Que para el caso es justo lo mismo. No sé cuántas cuentas de Twitter he bloqueado nada más por la declaración mongólica en la bio de “soy bipolar”. Vamos, ni siquiera saben qué significa. Otros, ensimismados en sus propias flaquezas, se declaran “Forever Alone”, pero no hacen nada por salir y tomarse un café con alguien. O por acariciarle las nalguitas a alguien. O por whatsappear con alguien. Se sientan frente a la vieja HP con Windows XP a quejarse de que nadie los invita a salir, pero tampoco van y se le plantan en la cara a nadie. Todos resultan hijos sin padre, hijas sin madre, papás sin hijo, pero con perro, amantes de los animales, pero alérgicos. Se vuelve todo una canción de Arjona.
Hace unas semanas, en esa maravilla de la socialización aislante (marca registrada) llamada Facebook, un amigo (que no mencionaré) declaraba que lo del bullying era una exageración en muchos casos. Permítanme poner mi opinión acá: a huevo. Hay rites of passage, caminos que tienen que recorrerse, entrenamientos para ciertas cosas. Hay quienes tienen una personalidad dominante y aplican el calzón chino y hay quienes se van a su casa con la ropa interior bien metida en el culo. Hasta que un día los segundos deciden que ya no va a pasar. Y no hablo de una situación dramática a lo Scott Pilgrim en la que con sus propios puños se defienden del abusón del colegio aplicándole un golpe que desafía a las leyes de la física como las conocemos y que envía al “malo” a orbitar Saturno. Nah. Simplemente llega el momento en el que… ya no se es molestado. Ya no se contestan cosas fuera de lugar. Ya se decide que tal vez es mejor no ser sumiso y agachón y explotar las fortalezas propias. Y la vida sigue.
Pero, regresando a Facebook, después de la declaración de mi amigo, llegó un comentario de una madre. En la pantalla pretendía estar ofendida por la aseveración, aseguraba que el bullying era muy real y que su hijo lo había sufrido por me-ses. A ver, pausa, rewind, play. Por meses.
La mujer se leía casi orgullosa. Y es lo que les decía, en esta época de millones de caras iguales, de miles de discos idénticos, de películas que son el remake de la adptación al cine del musical de Broadway inspirado en la película basada en el libro, todos buscan tener un “asunto”. Una linda clasificación en la que se pueda respirar a gusto y decir “esto me acomoda”. Y lo que le acomodó a esta mujer fue decir que a su hijo lo agarraban a coscorrones todos los días.
¿Te cae?
Es fácil rebatir esa lógica. De acuerdo, sí hay abusones reincidentes. De acuerdo, si hay abusados crónicos. Pero ¿meses? ¿En serio? ¿Qué clase de padre tienes que ser para no guiar a tu Mini Me para que no lo jodan en la escuela? O en el parque. O en la vida, coño. Cuando alguien dice que su hijo ha sufrido bullying por meses ¿no deberíamos analizar qué putas han estado haciendo los papás todo ese chingado tiempo? No estoy en pro de la violencia física, pero cuando llevas semanas (se-ma-nas) en la misma rutina de que te usen de trapeador de la escuela, hijomío, dale un madrazo. O, hijomío, acabo de hablar con las autoridades de la escuela. O, hijomío, te voy a cambiar de colegio. Pero, de nuevo, en un periodo de semanas. Cuando alguien habla de meses me dice que no ha hecho un carajo y que el que se chinguen día y tardes a su aybebepedacitodealgodón es casi casi como una insignia de Foursquare que le otorgará crédito en la Bad Parenting Store. Logro desbloqueado, soy papá de un niño que sufre bullying. Achievement unlocked, mi hijo es geek. Felicidades, señora, es un nerd hecho y derecho. Señor, su hijo es definitivamente emo. O ranchero. O postneopunketo. Porque todos deben tener un tagline, todos deben tener una sinopsis, todos somos depresivos crónicos, iracundos violentos, amantes insaciables, ninfómanas calenturientas, perfeccionistas inconformes, niños eternos, solitarios melancólicos, nostálgicos anacrónicos, entepreneurs exitosos, hipsters malencarados y expertos en todo. Absolutamente en todo.
Pero, lo que no somos, es nosotros mismos.






