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Superman

De los superhéroes que he conocido, uno de mis favoritos es Superman. Lo sé, aparentemente no es el de muchos desde que inventaron a Spawn y a John Constantine y los lectores de cómics (porque siguen siendo cómics, aunque tengan más de 40 páginas) de pronto querían antihéroes y tipos que cedieran a los impulsos propios de los humanos.

Yo nunca le perdí el afecto a Superman. Mientras Batman cedía a una adicción al venom y Tony Stark se ponía unas borracheras de antología, Kal-El seguía estoico. Se han dicho muchas cosas acerca del personaje. Que sus historias no son interesantes, que cómo haces que sea vulnerable alguien invulnerable, que los boy scouts no son divertidos.

Pero hay algo por lo que Superman nunca se fue de mis afectos. Verán, es la eterna discusión de cómo hacer una buena película con el personaje. El asunto con Batman y Christopher Nolan, por ejemplo, es que el director supo destacar elementos clave: la oscuridad no necesariamente está en las calles, sino en las intenciones de los habitantes de Gótica, la ciudad no es Neo Tokyo, Batman no es visto necesariamente  como un héroe por la gente, el Joker es un demente altamente funcional y Bruce Wayne corre en paralelo a esa misma línea.

Superman, entonces, debería ser visto como un símbolo de justicia a toda prueba ¿Les suena utópico? Sí, probablemente lo sea. Conozco a pocas personas que piensan que hacer bien su trabajo es algo que no se pone a discusión. Conozco a pocas personas que no inventan historias que perjudicarán a sus colaboradores en algún nivel, sólo por querer hacerlo. He tenido cerca una, dos, cuatro veces, a gente que no está calificada para ciertos puestos y que son jefes de otros que podrían hacer malabares alrededor de ellos, montados en un uniciclo y con los ojos vendados ¿La razón? Es que “tiene más colmillo”.

Más colmillo significa: no le da miedo ensuciarse las manos, hacer malas prácticas laborales y, en muchos casos, lamer colas. Particularmente la del jefe ¿Hace un buen trabajo? No. Por lo menos no el que se describe en su contrato ¿Funciona? No, pero es “de confianza”. Ya saben, es parnita, es cuate, es “ley”.

Cuando uno se queja de este tipo de asuntos, la respuesta general es: “las cosas funcionan así. Es El Sistema”. Y lo dicen como si existiera un libro de reglas que obliga a la gente a detener sus actividades en torno a un chisme, a estar de acuerdo por siempre con los superiores aunque sea notorio que se equivocan, a soportar los caprichos de un cliente o a tolerar los excesos de un coworker que afectan el trabajo de todos. Es el sistema, es la manera en que cruje la galleta, es el lado del que la iguana mastica ¿Este arquitecto es de fiar? Nah, ni siquiera terminó la carrera, pero nos fuimos de putas varias veces y mira, no le dijo nada a mi esposa ¿Le damos el proyecto a este diseñador? No, mejor dáselo a este otro. Nos va a pasar una lana de la licitación ¿Contratamos a la que tiene varios cursos especializados, maestría y experiencia o a la de tetas grandes? Vamos ¡eso ni se pregunta!

Pero hablaba yo de Superman. Es un tipo al que no puedes sobornar porque ¿qué podrías darle para tentarlo? Cree firmemente en que el mundo debe ser un lugar justo, en el que las buenas acciones prevalecen y las malas son castigadas. Lucha porque haya un equilibrio, a costa de su propio tiempo. El “bien”, ese estado tan intangible, es su meta. Los más cínicos dicen “qué hueva, no es interesante”. Pero en este mundo en el que la regla es traicionar, alienar, el terrorismo psicológico, el compadrazgo, explotar a los mejores en su trabajo mientras se enaltece al mediocre, robar los donativos a las variopintas zonas de desastre de todo el mundo e inflar presupuestos para gastarlos en otro auto del año ¿no es interesante la filosofía y valores de Superman? Yo creo que sí. Tristemente, es considerado como algo irreal y tan alienígena como el personaje mismo, pero ¿no debería ser la regla? ¿No deberíamos buscar el “bien”, la “felicidad”? ¿No deberíamos estar avanzando sin que alguien busque como entorpecer nuestro camino?

Yo prefiero creer en que es posible ser feliz sin culiempinarte ante tus superiores. Quiero creer que no es un mal generalizado el que tengas que invitar forzosamente a nadie a beber porque así garantizarás un contrato, una buena observación. Quiero creer que trabajar eficazmente no equivale a que te despidan. Quiero creer que no es necesario estacionarte en doble fila, copiar la tarea, quedarte con el dinero extra de cambio que te dieron por error, fingir que un producto tuvo un mal funcionamiento cuando fue tu culpa, robar, mentir, engañar.

Si podemos creer que un hombre puede volar ¿por qué no podemos creer en la justicia y en la verdad? ¿Por qué no los consideramos como elementos para alcanzar la felicidad?

De los absolutos

En algún momento de la historia de la humanidad, alguien dijo: “hey, si llamo uno a esta cosa y dos a un par de cosas ¿cómo le llamo a la ausencia de cosas?”. Y entonces, llegó el cero. El todopoderoso y omnipresente y completamente vacío, pero terriblemente determinante cero. Ese dígito que, si te pones a su derecha te despoja de importancia, mientras más alejado estés y que incrementa tu estatus si lo dejas detrás a la izquierda.

Luego, alguien pensó: “hey, debe haber algo antes del cero”. Y empezaron los números negativos y toda esa vaina de la que no vamos a hablar aquí. Los científicos son los grandes bipolares limítrofes del pensamiento. Si todo es simple, buscan hacerlo más complicado, porque si no lo es ¿entonces en qué se van a entretener después?

Pero siempre llega alguien más que dice: “no. Tiene que haber un valor absoluto, algo definitivo, el punto del que ya no puedes pasar. El restaurante en el final del universo. Y se les ocurren valores varios, hacen observaciones, realizan experimentos con datos inconclusos. Y determinan el ‘no va más’, el non plus ultra. El letrero que dice que usted está aquí, pero que no hay más allá. Y lo llaman cero absoluto.

No soy fanático de los absolutos.

Verán, no creo que las cosas sean tan definitivas siempre. Ya saben, excepto la muerte y los impuestos y hasta éstos últimos pueden torcerse y manipularse como si fuesen animales hechos con globos. No digo que siempre haya pensado igual, pero desde hace algunos lustros deduje que no todo podía ser hecho en serie, que no todo era llano, uniforme y gris. Es decir ¿cuántas veces han escuchado que los hombres preferimos los deportes y que ni siquiera escuchamos a nadie cuando los vemos? ¿O que las mujeres gustan de comprar zapatos en cantidades que harían palidecer a Imelda Marcos?

A mí nunca me han gustado los deportes. Es decir, no al grado de ser seguidor de este equipo u otro. Pero digamos que lo intercambio por mi gusto por las películas, los videojuegos o las series de TV. No ha habido un momento en el que yo deje de hacer caso de situaciones importantes por ver el final de temporada de Serie de Comedia, por ejemplo. Tengo amigas cuyo clóset tiene la mitad de pares de zapatos que yo poseo y que no tienen idea de quién coño es Manolo Blanik. Y, de esa parte del diagrama de Venn, algunas lloran con películas de Meg Ryan y otras prefieren ver blockbusters veraniegos.

Por eso, cuando leo/escucho/veo la repetitiva y sobadísima perorata de: “es que las mujeres son así y los hombres son asá y no hay nada en el mundo que puedas hacer para cambiarlo” no sé cómo sentirme. Es decir, para creer ese tipo de aseveraciones, según mis cálculos, se necesitaría que quien las enunciara hubiese vivido toda su vida encerrado y que su contacto se hubiese limitado a una sola persona de cada género. Me causa asco ver los títulos en la sección de libros de autoayuda. Ya saben, los hombres son marcianos y las mujeres venusinas. Y ahí va el lector despistado, ahí va la lectora que cree todo lo que esté en papel a pensar que nuestros cerebros están cableados de manera distinta. Y a perpetuar clichés que hacen infelices a muchos, porque nunca se cumplen como ellos creen.

Yo sé, hay estudios que demuestran que la actividad cerebral de ciertas mujeres es distinta a la de ciertos hombres. Pero algo que nadie les va a decir es que la ciencia jamás es exacta. Lo que ayer les contó el chamán lo descarta Galileo. Lo que hace cinco minutos era verdad de Einstein himself, Hawking lo manosea y lo replantea.

Hace cincuenta años los doctores recomendaban fumar. Hoy te exilian a la calle. Hace veinte el café era malo, luego bueno, luego el Diablo. Hoy es de nuevo el héroe desconocido y mañana será el (redoble) asesino silencioso. Todo, absolutamente todo, sigue moviéndose, cambiando, adaptándose. Hasta en la personalidad de la gente. Sin razón, antes siempre le ponía mala cara a quienes me prestaban un servicio, llámese cobrarme en el OXXO, servirme la comida o atenderme en la caja del banco. Ni siquiera lo hacía realmente enojado, era algo que pasaba en automático. Tiempo después lo cambié: le digo hola, buenastardes, buenosdías, comoestás a esas mismas personas. Las llamo por su nombre. Les sonrío. Descubrí que me gustaba más que ponerles cara de “comí carroña y estaba amarga”.

Pero decía, no creo en los absolutos. No creo que la humanidad por entero sea una humeante pila de popó. Son ciertos miembros de ella quienes lo son. No todas las mujeres son adictas a comprar y comen helado cuando se ponen tristes. En este mundo, hay hombres como yo que no sienten nada si se pierden un partido de soccer. O que nos dan flojera los lugares de table dance. No todo lo proveniente de Estados Unidos es imperialista e impositivo, no todos los homosexuales tienen buen gusto y sentido de la estética, la comida callejera no es toda mala o deliciosa, Steve Jobs y Bill Gates no son necesariamente y, en el orden que ustedes gusten y manden, Dios o el Diablo. No todos los fumadores mueren de enfisema, Pixar no es infalible, no todos tus amigos van a quedarse o a abandonarte o a recordarte. No todos lloran cuando escuchan un mariachi entonar Cielito Lindo. Es más, mucha gente ni se la sabe. No todas las historias terminan en final feliz, pero de la misma manera no todas terminan en tragedia. Algunas nunca se acaban. No todo el que escribe ha tenido una vida llena de drogas, prostitutas y enfermedades. No todos los libros, por muy buenos que sean, están destinados a ser venerados por todos. El calor, el frío, la lluvia y la resolana no son disfrutados u odiados por el 100% de los habitantes del planeta al unísono. Mi Dios no tiene por qué ser tu Dios, si es que tienes.

No creo en los absolutos. Tal vez, en algún tiempo, creí en el cero absoluto, en ese no va más, en esa pared, en ese punto del que ya no se puede pasar. Y luego me enteré de que ahora los físicos dicen que hay temperaturas negativas. De acuerdo, no son más frías que el cero, pero ahí están, burlándose del límite, haciéndole gestos a lo que ya sabíamos. Diciéndonos: todavía no lo sabes todo. Nunca lo sabrás.

Digo que no creo en los absolutos. En un universo en el que todo resulta ser de otra manera un siglo, 35 años, cinco segundos después, es imposible que englobemos, etiquetemos y rotulemos. Y ¿saben? me gusta eso. Me gusta esa incertidumbre.

Porque, si todo fuese un guión ya escrito ¿de qué serviría actuarlo?

Escena de Año Nuevo

Harry: Lo he estado pensando mucho y el asunto es que te amo

Sally: ¿Qué?

Harry: Te amo

Sally: ¿Cómo esperas que conteste a eso?

Harry: ¿Qué tal que me amas también?

Sally: ¿Qué tal ‘me voy’?

Harry: ¿Lo que dije no significa nada para ti?

Sally: Lo siento, Harry. Sé que es la víspera de Año Nuevo. Sé que te sientes solo, pero no puedes simplemente aparecerte aquí, decirme que me amas y esperar que eso arregle las cosas. No funciona así

Harry: ¿Entonces cómo funciona?

Sally: No lo sé. Pero no así.

Harry:¿Qué tal de esta manera? Amo que tengas frío cuando estamos a 21 grados. Amo que te tome hora y media ordenar un sándwich. Amo que se te haga esa pequeña arruga sobre tu nariz cuando me miras como si estuviera loco. Amo que después de pasar el día contigo, todavía pueda oler tu perfume en mi ropa. Y amo que tú seas la última persona con la que quiero hablar antes de irme a dormir. Y no es porque me sienta solo y no es sólo porque es la víspera de Año Nuevo. Vine aquí esta noche porque cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida comience lo más pronto posible.

Sally:¿Ves? Esto es típico en ti, Harry. Dices cosas como esa y me haces imposible el odiarte. Y te odio, Harry, de verdad te odio. Te odio.

_ _ _

Las dos escenas clave, la primera, en donde se dan cuenta de que están enamorados y ésta, en la que 12 años después de conocerse por fin terminan juntos, suceden en la víspera de Año Nuevo.

Nos vemos del otro lado.

Credo

Hay cosas en las que creo. Y cosas en las que no. Suena idiota, pero a eso puede reducirse. Creo en un Dios que probablemente no sea tu Dios. O el tuyo.

Digo que creo en Dios, en esa fuerza invisible que lo une todo, pero seguramente no iré a misa con nadie. No creo que alguien me vaya a hacer ‘mal de ojo’ o vudú ni nada de eso. Pero sí creo que hay débiles mentales que te van a meter el pie si pueden, porque creen que tú lo harás primero y es mejor prevenir que lamentar.

Sonará increíble, pero creo en la gente, de entrada. No creo en los políticos. Creo en los mapas de Google, pero no en los señalamientos viales de la ciudad. Creo en PC, pero no creo en Mac. Creo en iPod, pero no en Zune. Creo que hay vida extraterrestre, pero no vida inteligente. Al menos no en Jaime Maussán. No creo en los infomerciales, pero sí en Thinkgeek.

Creo en la gente que te lee la mano de verdad. Una vez me dijeron algo tenebroso y tremendamente acertado acerca de alguien. No el típico ‘es que tienes un amigo y es humano’. Nah, nada de esas generalidades. Fue algo específico, es más, fue un término médico que nadie lanza dentro de una de esas conversaciones. Entonces, empecé a creer en la gente que te lee la mano. Pero sabes cuando te están engañando, desde luego. O cuando lo intentan.

Creo en Microsoft, pero no en Nintendo. Hace (gulp) 15 años habría dicho justo lo contrario.

No creo en la gente cuyo comportamiento sugiere que si les regalas algo, se volverán tus sirvientes. Porque de inmediato pienso: “¿y si ya no les regalo nada?” Entonces viene la puñalada trapera, el mordisco a traición y el “¿qué esperabas? Sigo siendo una serpiente. Es mi naturaleza.”

Creo en el queso. Pero no en el queso en lata. Ni en el Cheese Whiz.

Creo en las señales. Sí, en esos maravillosos clichés que se te atraviesan en los ojos y los oídos. Como el cúmulo de canciones miserables que el shuffle te manda cuando te sientes ídem. O el nombre curiosamente familiar de una papelería por la que nunca pasas, pero que viste hoy que decidiste cambiar de ruta. O en una vendedora de esas flores que no habías visto desde hace años y que te vas a encontrar en un viaje inesperado.

Creo en las galletas caseras hechas con todos esos ingredientes que los médicos te dicen, te llevarán a la tumba. No creo en la soya.

No creo en las casualidades. Soy un hombre de milagros. Quizás esa es la parte que realmente me gustó de Signs de M.Night Shyamalan. Aunque la matemática podría sugerir los contrario, el azar no es tan exacto. Los sucesos especiales no son tan fortuitos. En eso estoy de acuerdo con el Doc Manhattan: “de todo este borlote químico/físico/musical, saliste tú” De acuerdo, no lo dice así, pero no recuerdo la cita exacta y no la buscaré en Google para aparentar que me la sé de memoria.

Creo en Coca Cola, pero no en Pepsi. Eso sí, creo y confío más en el agua de guayaba de mi mamá.

Por encima de, tal vez todo esto, creo en el amor. Si hay algo que me mueve, es ese sentimiento de entrega, de integración, de ‘nosequé’. Lo siento cuando escribo un post particularmente largo, un correo electrónico, cuando voy a visitar a mis papás, a mis abuelitos, a mis amigos. Cuando camino por una calle a las seis de la tarde y la temperatura baja lo suficiente. Cuando pongo una película encantadora en el DVD. Cuando hago mi trabajo. Por la mañana y por la noche. Sí, el amor es una cosa complicada y, bueh, cada cuando nos tira al piso. O nos ayuda a levantarnos de él.

Lo grande del amor es que, en un mundo que generalmente es gris, lo llena todo de color. Activa a la gente, la hace ser irracional por ratos y luego provoca que esa misma locura se convierta en energía para resolver situaciones. Y da esperanza. Ajá, esa cosa lejana que probablemente nunca alcanzas, ese fuego fatuo, esa quimera. Lo importante es el camino que cruzas.

Creo en el amor. Y no creo que vaya a dejar de creer en él. Jamás.

Del SIDA

La mayoría de las veces, no me toca escribir nada de trabajo que tenga un componente altamente personal. Me refiero a cosas de trabajo. Actualmente, escribo algo acerca del SIDA. Y no puedo evitar pensar en mi experiencia cercana con esa terrible, terrible enfermedad, sobre todo en este día que ya se termina.

Voy a contarles algo que raramente ha salido del círculo familiar: mi tío favorito murió de causas relacionadas con este síndrome perverso que parece sacado de una película de ciencia ficción. Y es que imaginen, por un momento, que te dicen que no puedes tener relaciones sexuales nunca más sin ponerte un condón, a menos de que tu pareja (y tú, claro) se hagan pruebas de sangre. Ahora es relativamente habitual, pero hace 25, 30 años, era impensable.

Saber que uno de tus familiares tiene el virus te deja frío, en un estado catatónico del que es muy difícil salir. Supongo que es similar para aquellos que reciben estos diagnósticos que parecen sentencias de muerte. Digo que parecen, porque muchos han podido sobrevivir al virus sin tener la mayoría de los síntomas desgastantes que van apareciendo.

Yo era un adolescente cuando me enteré. Mi tío fue quien me hizo ser fan de las pelìculas de terror cuando era niño y de quien aprendí ese ‘hacerse responsable’ de lo que realizas en tu trabajo. No quiero decir que era la persona más maravillosa de este mundo, porque es el cliché en el que caemos cuando alguien se nos va. Lo que sí puedo decirles es que era un tipo genial.

Me preocupa, por las estadísticas que he estado revisando en estos días, esa tendencia a dejar de usar un condón. Un condón, que te regalan a la entrada de la universidad o en los centros de salud. O que cuestan tan poco. Los jóvenes, y me refiero a la generación de los 15-19 no tienen en su mayoría la conciencia de que sí, hay varias cosas allá afuera que pueden hacerte daño. Pueden matarte, de hecho. Porque sí, es una enfermedad que mata, que desequilibra familias enteras, que es muy agresiva cuando se manifiesta. Yo lo vi, amables lectores. Yo estuve ahí. Mi familia inmediata tuvo que hacerse fuerte en un momento en el que te dan ganas de bajar los brazos y mandarlo todo al demonio.

Pero no mi tío. Peleó contra el virus todo lo que pudo, hasta que sus 100 kilos de peso se volvieron 45, hasta que su voz potente, que adornaba las tardes de domingo en la parroquia local, se hizo un suspiro doloroso. Hasta que regresó a un estado en el que era como un niño que no podía valerse por sí mismo.

Hasta que nuestros cuidados (porque sí, yo también participaba) fueron insuficientes. Luego, la rutina de ir al hospital, cuidarlo, verlo con máscaras de oxígeno. Eso ya no me tocó, mis papás decidieron que era más de lo que yo hubiese podido soportar. Y tal vez tenían razón. Fue uno de esos momentos en los que me di cuenta de lo realmente frágiles que somos, la incapacidad que tenemos de resolver situaciones que nos rebasan. El pequeño infierno en la Tierra que significa saber que, poco a poco, ves a alguien que amas morirse de una manera en que nadie debería morir.

Yo lo sé, yo he estado ahí. Yo perdí a alguien a quien amaba (porque, hey, yo amo enormemente a mi familia) e irse de a poquito, lo vi sufrir, lo vi llorar de impotencia por no poder hacer todo lo que quería hacer. Por dejar sin un hijo a mis abuelitos, sin un hermano a mi mamá, sin un tío a nosotros. Por irse de este mundo cuando no quería irse.

Una tarde, mi abuelita llegó de verlo. Soltó un “ya” ahogado. El mundo se nos hizo pedazos y nada ha vuelto a ser igual. No digo que no lo hayamos sobrevivido, lo hicimos. Lo recordamos con un cariño tremendo, con un amor inconmensurable. Ya (casi) no nos ponemos tristes cuando pensamos en él, sino que agradecemos el tiempo que nos tocó estar en el mismo plano, en el mismo mundo. Pero, sí, hay un hueco que no hay cómo llenar, eso es definitivo.

La primera ofrenda que ha puesto mi hermana, en su vida de casada, tuvo a quienes se nos han ido. Me gusta esa tradición de honrar a esos que nos marcaron la vida, a esos que fueron como una estrella fugaz, que brillaron intensamente y se apagaron de improviso.

El consejo, entonces, lectores y lectoras que me hacen el favor de seguir este blog que generalmente habla de cosas banales, es que se cuiden. No hagan caso a esas patrañas que, de manera preocupante, se han comentado de boca en boca, eso de que en realidad el VIH es falso, que nadie se contagia, que fue todo un ardid.

Yo lo sé, yo estuve ahí. Yo perdí a alguien, como muchos han perdido a sus hermanos, a sus padres, a sus parejas.

Cuídense, amiguitos. Un simple trozo de látex, que les regalan en cualquier lugar o que les cuesta poco más que una cajetilla de cigarros, en paquete de tres, puede salvarles la vida. Suena a cliché en estos días, pero es completamente cierto. Infórmense, sean precavidos, porque en este planeta siempre hay a quien le van a hacer falta.

Alejandro Serna-1 de diciembre de 2009

Moebius

Moebius

Cuando era niño, a veces me entretenía armando bandas de Moebius. Una a la vez, claro, no necesitaba varias. Sí, suena aburrido, lo sé, pero cuando tienes ocho años, se te acabaron los libros y no te interesa salir a jugar con los vecinos, es un gran entretenimiento. Por unos minutos, claro. Digo que tomaba una tira de papel, la torcía, pegaba los bordes y empezaba a pasar mi dedo a todo lo largo. Siempre llegaba al mismo sitio, como debía ser. No recuerdo en dónde la vi por primera vez.

Tengo veinticinco años y pienso en la banda de Moebius mientras escucho a No Propiamente Ex hablar de lo mal que la trata su flamante novio. Ya he estado sentado ahí, en ese mismo restaurante, con ese café malo, fruta nada fresca y los asquerosos Viceroy que ella fumaba, escuchando que yo la trataba demasiado bien. Y leyendo recaditos que me dejaba en una libreta que cargaba a todos lados. Me escribía ‘te quiero’, pero con las letras en espejo, cuando me levantaba al baño.

Estoy en la secundaria. Por cuarta vez en el día, pido permiso de ir al baño. Tiene sus ventajas ser amigo del jefe de grupo. De esas visitas, sólo una ha sido para orinar. En todas, me lavo las manos meticulosamente, uso jabón, las enjuago, más jabón, más agua. Con las manos húmedas todavía, me arreglo el cabello. Todavía no uso gel. Regreso, me siento en mi lugar, me pongo el portafolio en las piernas para que nadie frente a mí sepa lo que estoy haciendo. Y no estoy haciendo nada.

“Play” El disco empieza a girar. En el display, aparece el número de pista en gloriosos caracteres negros. Mis audífonos son de diadema, Sony, negros. No los que venían con el Discman, debo decir, porque siempre los rompo. El disco gira y se hace notar sonoramente cuando presiono “Next”. Camino por una calle en Coyoacán. Voy saliendo de la preparatoria y creo que tener un disco entero en un dispositivo que sólo usa cuatro baterías AA es el pináculo de la tecnología.

“Me tratas demasiado bien, Ale” Es la única persona, fuera de mi familia, a quien le permito que me llame así. “Y no lo merezco”, remata. Yo tomo la azucarera y empiezo a vaciar algo de su contenido, sin usar la cuchara, en este café. Nunca había venido a este restaurante. Me parece malo. No tengo cigarros y ella me da un Viceroy. Me provoca dolor de cabeza. El mesero viene con fruta, con jugo, con pan miniatura. Pido más café, saco un cuaderno que acabo de comprar y hago garabatos. “Yo tendría que decidir si lo mereces o no ¿no crees?” “Ay, Ale”, dice, con ese tono que confirma lo que ambos sabemos. Esto se va a ir al carajo pronto.

Camino después de salir de la matiné del CNA, con Novia Casiesposa. Es ridículo, pero creo que he soñado estas calles. La tomo de la mano y pienso que no quiero estar con nadie más en toda mi vida. De hecho, creo que lo digo en voz alta: “Novia, sólo quiero estar contigo el resto de mi vida” Nos besamos. Compramos un pastelito para cada uno en la panadería habitual. A lo lejos se ve Tlalpan. Nos quedamos dormidos en el camión. Voy a ser médico, estoy vestido de blanco por completo.

“Hola, te escribo para pedir informes del departamento cercano a Coyoacán y al CNA. Escribo, a eso me dedico. Nos vemos el viernes para checar el departamento”

Yo sabía volar. Yo sé cómo hacer esto, no puede ser que sólo me eleve hasta aquí. Eso pienso dentro de mi sueño, cuando apenas logro flotar hasta la altura de los cables de energía. Por más que pujo y pataleo, no logro más altura y soy inestable. Paso enfrente de una panadería. Luego, cambio al sueño recurrente en donde soy dueño de una fábrica, todo empieza a colapsar y la gente muere enterrada en los escombros. Tengo siete años y nunca he estado en una fábrica.

“Play”. El disco empieza a girar. “Next” un par de veces. El disco gira, pero no alcanzo a escucharlo. Estoy frente a mi quinta computadora personal en seis años. Veo el arte del album en la pantalla, contesto una llamada por Skype, convierto videos al formato DVD. Platico con mis amigos. Muevo canciones a mi reproductor de música digital, que me parece algo viejo y sé que no es el pináculo de la tecnología. Eso lo presentarán el mes que entra. Y luego, el mes siguiente, algo mejor. Y de nuevo tres meses después. No quiero dejar de perseguir esa quimera.

-“¿Y tú como te llamas?”

-“Alejandro. Puedes decirme Alex, Alejandro. Hasta Lex. Pero no me llames Ale. Me caga”

-“Ok, no lo haré”