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Moebius

Moebius

Cuando era niño, a veces me entretenía armando bandas de Moebius. Una a la vez, claro, no necesitaba varias. Sí, suena aburrido, lo sé, pero cuando tienes ocho años, se te acabaron los libros y no te interesa salir a jugar con los vecinos, es un gran entretenimiento. Por unos minutos, claro. Digo que tomaba una tira de papel, la torcía, pegaba los bordes y empezaba a pasar mi dedo a todo lo largo. Siempre llegaba al mismo sitio, como debía ser. No recuerdo en dónde la vi por primera vez.

Tengo veinticinco años y pienso en la banda de Moebius mientras escucho a No Propiamente Ex hablar de lo mal que la trata su flamante novio. Ya he estado sentado ahí, en ese mismo restaurante, con ese café malo, fruta nada fresca y los asquerosos Viceroy que ella fumaba, escuchando que yo la trataba demasiado bien. Y leyendo recaditos que me dejaba en una libreta que cargaba a todos lados. Me escribía ‘te quiero’, pero con las letras en espejo, cuando me levantaba al baño.

Estoy en la secundaria. Por cuarta vez en el día, pido permiso de ir al baño. Tiene sus ventajas ser amigo del jefe de grupo. De esas visitas, sólo una ha sido para orinar. En todas, me lavo las manos meticulosamente, uso jabón, las enjuago, más jabón, más agua. Con las manos húmedas todavía, me arreglo el cabello. Todavía no uso gel. Regreso, me siento en mi lugar, me pongo el portafolio en las piernas para que nadie frente a mí sepa lo que estoy haciendo. Y no estoy haciendo nada.

“Play” El disco empieza a girar. En el display, aparece el número de pista en gloriosos caracteres negros. Mis audífonos son de diadema, Sony, negros. No los que venían con el Discman, debo decir, porque siempre los rompo. El disco gira y se hace notar sonoramente cuando presiono “Next”. Camino por una calle en Coyoacán. Voy saliendo de la preparatoria y creo que tener un disco entero en un dispositivo que sólo usa cuatro baterías AA es el pináculo de la tecnología.

“Me tratas demasiado bien, Ale” Es la única persona, fuera de mi familia, a quien le permito que me llame así. “Y no lo merezco”, remata. Yo tomo la azucarera y empiezo a vaciar algo de su contenido, sin usar la cuchara, en este café. Nunca había venido a este restaurante. Me parece malo. No tengo cigarros y ella me da un Viceroy. Me provoca dolor de cabeza. El mesero viene con fruta, con jugo, con pan miniatura. Pido más café, saco un cuaderno que acabo de comprar y hago garabatos. “Yo tendría que decidir si lo mereces o no ¿no crees?” “Ay, Ale”, dice, con ese tono que confirma lo que ambos sabemos. Esto se va a ir al carajo pronto.

Camino después de salir de la matiné del CNA, con Novia Casiesposa. Es ridículo, pero creo que he soñado estas calles. La tomo de la mano y pienso que no quiero estar con nadie más en toda mi vida. De hecho, creo que lo digo en voz alta: “Novia, sólo quiero estar contigo el resto de mi vida” Nos besamos. Compramos un pastelito para cada uno en la panadería habitual. A lo lejos se ve Tlalpan. Nos quedamos dormidos en el camión. Voy a ser médico, estoy vestido de blanco por completo.

“Hola, te escribo para pedir informes del departamento cercano a Coyoacán y al CNA. Escribo, a eso me dedico. Nos vemos el viernes para checar el departamento”

Yo sabía volar. Yo sé cómo hacer esto, no puede ser que sólo me eleve hasta aquí. Eso pienso dentro de mi sueño, cuando apenas logro flotar hasta la altura de los cables de energía. Por más que pujo y pataleo, no logro más altura y soy inestable. Paso enfrente de una panadería. Luego, cambio al sueño recurrente en donde soy dueño de una fábrica, todo empieza a colapsar y la gente muere enterrada en los escombros. Tengo siete años y nunca he estado en una fábrica.

“Play”. El disco empieza a girar. “Next” un par de veces. El disco gira, pero no alcanzo a escucharlo. Estoy frente a mi quinta computadora personal en seis años. Veo el arte del album en la pantalla, contesto una llamada por Skype, convierto videos al formato DVD. Platico con mis amigos. Muevo canciones a mi reproductor de música digital, que me parece algo viejo y sé que no es el pináculo de la tecnología. Eso lo presentarán el mes que entra. Y luego, el mes siguiente, algo mejor. Y de nuevo tres meses después. No quiero dejar de perseguir esa quimera.

-“¿Y tú como te llamas?”

-“Alejandro. Puedes decirme Alex, Alejandro. Hasta Lex. Pero no me llames Ale. Me caga”

-“Ok, no lo haré”

Cursi

Acúsome, padre, de haber incurrido en el pecado de la cursilería. Constantemente. Bueno, no diario, no todos los meses. Pero no tengo problema con serlo. Ahora, cada quien tiene su propia concepción del término, según su personalidad, background y otro montón de cosas que no quiero explicar por flojera o de plano ignoro por completo.

Lo que no hago es ser cursi según lo que dicen Hallmark, los Burundis o la marca de tarjetas de felicitación que esté de moda en este momento. Noten que mencioné los Burundis e imaginen hace cuanto no he visto una de esas cosas. No por una convicción idiota y mal conceptualizada de “yo tengo que ser bien original” (porque ninguno de nosotros lo es, pero de eso hablaré en algún otro post) sino por esa estúpida y loca idea que algunas personas tenemos: ser como somos.

Entonces, mi versión de lo cursi es distinta a la tuya, amiguito poncroquer o a la tuya, amiguita popjor. Sí, tengo, como muchos, la tendencia a usar nombres azucarados en diminutivos de locura. Pero nunca el mismo para diferentes personas. No es algo planeado, es algo que ha sucedido así nada más, de la nada, por generación espontánea. Por obra y gracia del álter ego del beibiyisus y gotjimselv.

Nunca soy cursi nada más porque sí. Es decir, no ando por la vida colgando Cupidos ni poniéndole merengue hasta a las banquetas. Yo confieso, padremío, que sólo soy cursi cuando estoy enamorado. Realmente enamorado. Y sólo lo dirijo hacia la persona de mis afectos, no lo ando regando por todos lados. No llego con mis amigos a decirles “¿no está precioso el cielo esta tarde?” Ni tampoco, en estos tiempos en los que la gente cree que se entera de todo lo que haces, lo pongo en Twitter, Facebook, hi5, WordPress, Blogger, TwitPic ni en mi mensaje personal en los tres IM que tengo abiertos regularmente. Porque no es asunto de nadie fuera de los que estamos implicados.

Sí, lo cursi es el exceso, la saturación, lo barroco. Pero no empalaga, al menos no a mí. Simplemente distribuyes la dosis diaria en pequeños paquetes. Creo. Depende de cómo sea la relación entre ese pedacitodenube y tú, de lo que piensan por separado, de los puntos en los que coinciden. Del clima, la posibilidad de lluvia, el tráfico y las horas de entrada y salida del trabajo. Y todo lo que está enmedio.

De lo que simplemente y sin razón, sucede.

Anoche, en el zapping, vi un poco de El Pantera, un poco de House, otro tanto de Harry Potter. Se me atravesó Stranger Than Fiction, una de las pocas películas en las que soporto (y de hecho admiro) a Will Ferrell. Tiene todos los elementos para que yo, en mi acre actitud, la odiase con fervor. Pero el guión es extraordinario, las actuaciones muy buenas (de nuevo, WF me sorprendió) y está llena de citas citables (“no necesito un parche de nicotina, Penny. Fumo cigarrillos”). Pero la verdad es que es una película terriblemente cursi. Digo que, anoche mientras daba botonazos en random, me tropecé con ella. Por casualidad, por azar.

Cambié el canal. Terminé de ver House, un capítulo viejo. Salí al OXXO local, compré galletas y un café de máquina. Con rompope. Sí, hubiese preferido el caramelmaquiato o el chailatedobleshot. Pero es un poco difícil encontrar un Starbucks abierto a la una de la mañana. Entré a mi casa y regresó la lluvia que se había ido por unos minutos. Saqué el DVD de Stranger Than Fiction (porque quería verla en widescreen y desde el principio), la vieja operación de tomar el perímetro con los dedos, ponerlo en la charola, presionar open/close, video 2, tratar de darle fast forward a los anuncios institucionales, apagar la luz. En esos tiempos en los que la gente cree enterarse de todo, aunque en realidad sólo sepan lo que pones en menos de 140 caracteres, escribir ciertas citas de la película en Twitter. Encender un cigarro para que el torrente de miel no me arrastre desde que el Señor Crick le lleva flours a la señorita Pascal hasta la escena definitiva, en donde por fin, Crick se deja ir y toca la guitarra y canta esto

Joder. Enorme momento. Esa es la parte que amo de la película, por sobre todas las demás, que también son entrañables para mí, por un montón de razones que no escribiré hoy. Tal vez tampoco mañana. No es el tradicional momento Titanic o Telenovela de Carla Estrada. Si lo simplificamos, es una escena en donde dos personas se dicen “sí”. Y todo lo demás son florituras, pero muy bien hechas. Es merengue, pero puesto en donde va. Es subrayar con marcatextos algo que todos sabemos.

El amor todo lo llena, todo lo cura. Soy un gran fan del amor.

I’d go the whole wide world
I’d go the whole wide world
Just to find her

El doctor no está

Doctor

Creo que nunca he platicado esto, pero yo iba a ser médico. En serio. Estudié el área 2 en la Fresa Seis, que de fresa tenía nomás la pose, porque seguía siendo una preparatoria de la UNAM y seguía estando en Coyoacán, que no es precisamente la zona más pipirisnáis de la ciudad. Díganmelo a mí, ahora vivo cerca de ella.

Pero decía que yo iba a ser médico. Un día me encontré a las 6:50 de la mañana en la Facultad de Medicina, vestido de blanco por entero. Sí, hasta zapatos y calcetines. Siempre odio los primeros minutos del primer día de clases. De hecho, generalmente me dan ganas de largarme a algún otro lado, más divertido y que no tenga gente que esté con la misma mirada que yo, llena de atención excesiva. Además, me sentía incómodo vestido de Juliancito Bravo en su primera comunión. Extrañaba mis jeans.

A todos nos llegaron las leyendas urbanas de la gente que vomitaba o se desmayaba en su primera disección, mientras estábamos en la preparatoria. El segundo día de clases, teníamos que ir a clase de Anatomía en los salones que están en un edificio adyacente al habitual para las clases teóricas. Dos cadáveres nos esperaban, cubiertos con sábanas blancas. El olor a formol inundaba la nariz de cada uno. Natalio (que así se llamaba el profesor) destapó los cuerpos. No, nada de vómito, nada de desmayo ni crisis nerviosa. Ese día fue la primera vez que hundí un bisturí en la carne de un humano. Muerto, sí ¿pero la muerte te quita lo humano? ¿Dejas de ser si dejas de respirar? ¿Es cognoscible el ser?

Saliendo de esa clase conocí a alguien de importancia determinante en mi vida. Pero no voy a hablar de ello. Sólo puedo decir que yo iba en una dirección y ella me hizo irme hacia otra. Es uno de esos puntos en los que sabes que tu vida cambió, incluso mientras sucede.

Los meses pasaron. Cada carrera tiene sus chistes locales y gags que nadie más entendería. Por ejemplo, para ir y comprar pizza, alguien anunciaba que iría por “un corte”. Un corte de testículo, por si se lo preguntaban. Y es que en Histiología, otra clase, tenías que aprender a identificar los tejidos basados en la tinción con la que los habían tratado o el tipo de corpúsculos celulares que aparecían en el microscopio. Así, una célula de testículo se asemejaba a una pizza tamaño personal. De peperoni.

Mi vida personal mejoraba al tiempo que la académica sufría. Empecé a faltar a muchas clases, me daba flojera entrar a algunas y, en realidad, la mayor parte del tiempo me la pasaba en escribir cuentos, intentos de guiones para televisión, parodias, grababa videos, audios. Y cada vez me importaba menos ser médico. Hacía que un tipo de mi salón llevara su grabadora con cidí para poner música mientras destazábamos los cadáveres. Yo canturreaba Crazy Little Thing Called Love mientras se me volvía a olvidar como cortar y le deshacía una pierna o un brazo al pobre infortunado sin identificación. Le saqué el hígado (ese sí, un poco apestoso) y el cerebro.

Sara Morales era una de esas profesoras que se pasan un buen tiempo vigilando a sus alumnos, analizándolos y determinando cuáles serán buenos médicos y cuáles serían como yo. En este punto ya había dejado de entrar totalmente a por lo menos dos clases y sólo me aparecía para los exámenes. Vivía feliz dando la vuelta por cada facultad en donde hubiera un ciclo de cine. Pero hablaba de Sara. Es un amor de mujer. Nos llevábamos pocamadre. Me llamaba “su travieso”. A mí me daba algo de pena dejar de estudiar para su materia, una de las más interesantes, Bioquímica. Las palabras “ciclo de Krebs” están tatuadas en mi mente por siempre. Así que a veces iba y hacía un buen trabajo en su clase. Un día me pidió hablar conmigo.

¿Estás seguro de que quieres ser médico?

Yo, el marica, ladeé la cabeza y entrecerré los ojos. A veces hago eso, como un perro que no alcanza a entender.

Ya me di cuenta de que te la pasas en el cine. O escribiendo cuentos. Tal vez te convendría cambiarte de carrera. Digamos, Comunicación.

Aquí es en donde me doy cuenta de que soy un imbécil. Porque pude haber tomado esa opción desde el principio, pero ¿quién vive de escribir y grabar videos, cierto? Era una decisión importante. Iba a dejar todo detrás mío.

Por toda respuesta, abracé a Sara. Soy pésimo para hablar, para decir ‘gracias’, para expresar sentimientos fuertes.

Pasó otro año antes de que me fuera a estudiar Comunicación Social en la UAM. Tuve una especie de sabático en el que vi más películas que nunca en mi vida, leí mucho, escribí mucho también.

Hoy estoy escuchando a Alejandro Sanz. Porque sí. Porque me recuerda a ese tiempo, en el que mi vida iba hacia un lugar y terminó en otro. Cuando hacía una prank estúpida y llegaba completamente vestido de negro a clases, con una gabardina en lugar de bata. Cuando todavía existía ‘El Sardinero’, por la salida de Insurgentes de CU y entrábamos a comprar deliciosos palitos de queso que jamás se volvieron a vender. Cuando iba a ‘premieres’ de película, aunque todavía eran preestrenos que se hacían en cinco cines al mismo tiempo. Los días de las papas fritas con mucha mayonesa y queso afuera del metro Copilco. Ese tiempo en el que probé por primera y última vez una hamburguesa de soya y decidí que ser vegetariano debía ser un castigo infernal.

Tal vez se pregunten por qué dejé de interesarme en la medicina. En realidad, no fue así. Mentí. Verán, yo me autoboicoteaba. No lo supe hasta después, pero eso era lo que hacía. Quería que me reprobaran y me corrieran. Al final, pude haberlo hecho muy bien. Todo el chiste de los dos primeros años es leer mucho y eso lo tenía dominado. En realidad, creo que me empecé a poner el pie el día que me dí cuenta de que, en algún momento, cuando la escuela ya se hubiera quedado atrás y yo estuviera en un hospital o en un consultorio, tendría que decirle a alguien: “lo siento, su esposa acaba de morir”. “El tumor que le encontramos es de cáncer y ya ha hecho metástasis en sus pulmones”. “El ultrasonido nos mostró que su hijo tiene hidrocefalia, no sobrevivirá más de un mes después de nacer”. “Es usted seropositivo”. “Usted jamás podrá embarazarse”. Yo sé, también hubiera dado grandes noticias, seguramente. Pero pensé en esas malas y en mi casi completa inhabilidad para no ponerme en el lugar de otra persona. Y sé que hubiera terminado llorando con ellos. Y que eso me habría hecho cachitos, a la larga. Y que, probablemente, me habría vuelto loco.

Y ya ven. Ya no destrozo cadáveres. En cambio, ahora hago pedazos el español. Pero así nadie sufre ¿cierto?

Fe

Vengo regresando de comer y de visitar el mercado sobre ruedas local, para abastecerme de paletas heladas para la semana. Sí, muchas veces prefiero el sabor de una paleta casera al de una de Nestlé u Holanda, aunque tampoco les hago el feo.

Pero decía. Venía yo resolviendo complejos problemas matemáticos (mentira, escuchaba La Taquilla de hace dos días,) con gran alegría después de haber comido un pozole bastante bueno, cuando vi a un señor de mirada muy triste en dirección contraria a la mía. Tendría unos 55 años. Caminaba algo apresurado, algo desesperado. Tenía un saco en el brazo. No me miraba, pero en algún momento se dio cuenta de que yo sí a él. Algo me llamó la atención, sentí pena por él. Pasamos uno junto al otro y después de unos pasos, me preguntó si el Hospital Español le quedaba lejos. Bastante, le dije. Supuse que algún taxista malandrín, de esos que casi no hay en el DF, le habría cobrado por dejarlo en ota parte de la ciudad, a donde iría a ver a “su tortita”.

Le sugerí que tomara el metro. “uso marcapasos, lo tengo prohibido. Tengo que regresar al hospital, mi esposa está ahí, salí a comprar unas cosas y me asaltaron, se subieron a mi auto y me dejaron aquí, no soy de la ciudad y no sé en dónde estoy.” Le dije hacia dónde estaba División del Norte, cuál microbús debía tomar para llegar al metro Chapultepec y que de ahí, seguramente habría otro que lo llevaría al Español. Le di una cantidad de dinero que no discutiré aquí, me dio las gracias, nos estrechamos la mano y le di una palmada de ánimo en el brazo, no sin antes desearle la pronta recuperación de su esposa y que su auto le fuese devuelto. Después, seguí mi camino.

Yo sé: “pero todo suena a la misma cantaleta que la gente dice cuando quiere que les regales dinero, nada es cierto, todo es un fraude.” Sí, es posible. Es probable que todo haya sido mentira, pero también que todo haya sido real. El ser humano es una máquina compleja de pensamientos y emociones. Los pensamientos y las emociones no se llevan bien, son como piezas de un rompecabezas que no empatarán jamás. Y, de todas maneras, caben todas en una persona. Y a veces, combinadas, te dicen cosas. Eso que llamamos vibra, presentimiento. En Lie to me, son ‘microexpresiones’. Bueno, a mi me dio la vibra de “este señor está diciendo la verdad”

Yo sé que a veces a ustedes debe parecerles que yo odio al mundo, a las personas que viven en él, a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Y que no tengo ninguna esperanza de que exista alguien que me haga cambiar de parecer. Hoy les voy a revelar algo, no es así. De hecho, soy uno de esos bobos que tiene fe.

Seguramente ustedes habrán tenido a algún profesor que, en su clase de presentación, les dijo: “conmigo ya tienen 10, de ustedes depende conservarlo”.” Yo sé, tal vez les parezca algo de hueva, pero esa es mi actitud con la gente en general. De entrada, no los descalifico y tienen mi fe y mi confianza en un 95% (el 5% sí, es mera precaución) Y solitos ganan o pierden puntos. Tengo amigos de quienes me hablaron muy mal, me dieron pésimas referencias. Pero no me dejé llevar por los comentarios. Y ahí siguen. Tuvieron mi confianza desde el inicio y llegaron al 100% en poco tiempo. Otros, la perdieron a distintas velocidades. Hubo casos excepcionales que bajaron al 35% (más o menos) y de ahí, al cero absoluto. Ni modo, se ganan algunos, se pierden otros.

Las apariencias dicen lo contrario: “pero Lex, siempre atacas a los pamboleros. Pero Lex, siempre atacas a los _____” Si se fijan bien, no es así. Me disgustan las actitudes, no las personas. Me desgastan las incoherencias, las traiciones. No los individuos. No de manera gratuita. Por eso creo en Dios, mas no en la Iglesia Católica Apostólica y anexas. Por eso algunos sacerdotes me caen simpáticos y otros me parecen detestables, pero no los englobo en “todos son pedófilos” o “todos son unos regañones prejuiciosos y santurrones.”

Llegué a casa pensando en que de verdad deseaba que al señor le vaya bien. Que su esposa se recupere, que su auto aparezca, que su vida mejore de alguna manera. Y, si todo fue una manera de sacarle unos pesitos a otro transeúnte, que lo que le haya dado le sirva para lo que sea que lo necesite. Que, igual, sus circunstancias sean las mejores a partir de un gesto de simpatía, mío o de cualquiera. Porque no sé cuánto tiempo tenga yo para estar en este planeta y, si me la voy a pasar cuidándome de todos y pensando que la humanidad es una boñiga humeante y olorosa, estoy desperdiciando mi vida. No sé si ustedes sepan lo que significa ojalá. “Si Dios quiere.” Tengo la confianza plena en que Dios siempre quiere. Lo que tenemos que hacer nosotros, es lo mismo, estar dispuestos, ser gentiles. Tal vez, sólo tal vez, de esa manera las capas de rencor, de enojo, de todo eso que muchas veces la gente acumula después de años de malas experiencias, se vayan deslavando. Y, tal vez, el mundo mejore.

Eso vale mucho la pena. Soy un tipo que, irremediablemente, tiene fe.

Historia de un amor

Definitivamente este es mi bolero favorito. Lo he escuchado en varias versiones y nunca pierde el sabor, ni siquiera con esos monitos de Circo que-quién-sabe-quiénes-eran. Es trágico y cursi. Una de ellas es interpretada por Dalida (que aparece en Gazon Maudit).

En la búsqueda de los videos, me encontré una versión ¡en chino! Ahí se las dejo.

En chino, con Linda Chou

Eydie Gormé y lous Panchous

En francés, Dalida

Con Circo

El fin del mundo. Segunda parte.

Verán, el asunto es que tengo miedo.

He hablado con varios miembros de mi familia. Y amigos. Ninguno exhibe los síntomas de la cepa de influenza que, según el reporte de hace un par de horas, ya había matado a 103 personas (cinco en el DF). Esa cifra (porque varias veces se olvidan de aclararla) es en toda la República Mexicana y, como lo han dicho varias veces, no se tiene la certeza de que todos los casos tengan que ver con la mutación del virus. Aseguran que es curable. Por supuesto, surgen los rumores acerca de que las autoridades sabían acerca de este brote hace tiempo. Referencia cercana: mi cuñado trabaja en el IMSS y a su jefe le llegó el memo hace dos meses. Nadie peló el memo. Amigo de Amigo ata cabos acerca de la insistente campaña de vacunación contra la influenza desde hace tiempo, para adultos mayores y niños. Sólo que al parecer ellos han sido los menos afectados. A mi me da algo de fiebre anoche. Aunque intento ser racional, es casi imposible ponerse ligeramente paranoico y considerar los posibles escenarios. Llego a la conclusión de que todo debe ser una coincidencia (y una muy buena broma de Dios, debo añadir,) porque no me duelen las articulaciones, no me lloran los ojos, no tengo tos ni congestión nasal. La fiebre se fue como vino. Llegan los reportes de diferentes partes del mundo. Diez casos aquí, tres acá, ocho más allá. Todos podrían (o no) ser víctimas del virus de influenza porcina.

Decía un médico en Canal Once que los diez días sin clases en las escuelas tenían que ver con el periodo de incubación del virus y su potencial contagio. Así, de alguna manera, se evitaba que un portador esparciera la enfermedad. Pero ¿no tendríamos que vivir cada uno en una burbuja por esos diez días? El gobierno del DF estudia la opción de disminuir al mínimo las actividades en la ciudad, al grado de querer detener el transporte público. Notas (desde ayer) acerca de la total escasez de cubrebocas, de los vivales que los vendieron a precios pecaminosos, de la opinión de expertos acerca de su utilidad, siempre y cuando sean los enfermos quienes los usan y sean de cierto material, no los genéricos que se reparten en las calles. No hay vacuna. Sí hay tratamiento. Pero no es curable. No, sí es curable. No sabemos qué es exactamente. Pero sí, pero no, pero quién sabe.

Mientras escribía esto, veía Guerra de los Mundos, en Fox. Se me revolvió un poco el estómago cuando Tom Cruise y sus hijos llegan a un punto antes de subir al ferry. De pronto la multitud empieza a golpear su vagoneta, luego a romperle los cristales. Después, los atacan, salen las armas. Al final, la familia se queda sin transporte, matan al nuevo conductor.Y entonces recordé lo que siempre ha pasado con los hospitales en México. Nunca hay suficientes medicamentos, en condiciones normales. Ahora pensemos en una situación de emergencia.

No es que desdeñe la posibilidad de contagio, aunque en realidad no me arriesgo a ello. Pero sí tengo miedo. De las imprecisiones, de la información en letras pequeñas, de los ‘pueden ser o no ser’, de los heraldos de la muerte, de los paranoicos, de las decisiones que puedan tomar un montón de personas comprensiblemente no preparadas para un asunto serio. De la gente que quiera estar bien a toda costa y se plante afuera de un hospital y empiece con un murmullo, siga con gritos y luego con golpes a las ventanas.

Tengo miedo. Del temor de los demás.