
México jamás dejará de ser un pueblote. En serio. Es un pueblo con quiosco, mariachi, nieves de sabores y presidentes municipales de caricatura de Rius. Todo lo que pase en una población pequeña y pedorra, se puede extrapolar al resto del país. Lo cual, claro, le da en la madre a esa “diversidad de pensamiento” que se supone existe.
Piensen en ese pueblillo que fueron a visitar en su fin de semana largo. Ajá, ese que tenía cuatro calles, un par de iglesias y un Wal-Mart a la salida. Si ustedes han permanecido el tiempo suficiente en uno de estos lugares como para que un nuevo negocio aparezca, se habrán dado cuenta que los habitantes van en grupos a husmear por fuera, primero, y a consumir, después. Inevitablemente, habrá cinco personas que declaren que acudieron des-de el pri-mer dí-a y otros cinco que digan que ese negocio es una porquería.
Ahora, piensen en Starbucks. Ajá, ese lugar de bebidas rápidas. Porque ese es el punto ¿eh? Entrar, pedir tu ventideslactosadolattechaiespumosoconespacioparaelego, tal vez una botellita de agua, pagar e irte. Esa es la función principal. La siguiente es, si no tienes mucho que hacer, pedir tu grandecaramelmachiattocondobleshotdehormonas, tal vez un sándwich, sentarte afuera o adentro y ver pasar a la gente o revisar tu correo o redes sociales desde un dispositivo con Wi-Fi, que la empresa otorga como un valor agregado para los clientes.
Y es que el 87.3% de la razón del éxito de Starbucks es eso, el “valor agregado”, ese extra, ese yo no se qué. Pero sí sabes qué. Dada la proporción, podría decirse que el café, así, plano, es en realidad el bonus.
No nos engañemos: vamos a Starbucks por café y zalamería. Si quisiéramos buen café y malas caras, iríamos a algún carrito de Illy o a un Punta del Cielo. Bueno, si existieran los suficientes en mitad de los trayectos diarios. Pero no es así y en los Starbucks tienen la misión de hacerte sentir “como en casa”. Aunque supongo que en casa no le pones un aro de cartón corrugado al vaso. El proceso ya lo conocemos: llegas, observas por cinco minutos el menú en la pared, alguien bufa detrás de ti porque te estás tardando mucho y terminas pidiendo la misma combinación. Todo es “hola” y “claro” y “¿cómo te llamas?” Y, sinceramente ¿qué tan a menudo te preguntan tu nombre? De acuerdo, en este caso es para ponérselo al vaso con un Sharpie, pero da cierta sensación de pertenencia. Las sonrisas son constantes, los “que tengas un buen día” saltan presurosos, el “¿lo deseas caliente?” no se hace esperar. y, de nuevo ¿cuándo fue la última vez que te preguntaron si lo deseabas caliente?
No necesitan contestar eso.
Luego, te vas, vaso en mano, con tu nombre garabateado. Es la nueva nametag. “HOLA, MI NOMBRE ES adolfo” O te quedas, te sientas a beber café en ese ambiente libre de gérmenes al 79%. O te sientas afuera, en el ambiente lleno de gérmenes al 100%. Te conectas a Google Talk, a Live Messenger, a Meebo, a Skype. Le tomas una foto al sándwich. Espías la laptop de al lado y luego te burlas en Twitter. Pones “aburrido” en tu status de Facebook. Bueno, no, en realidad pones: “¡Disfrutando un delicioso café acompañado del mejor panini del universo, guau, amo este planeta y todo lo que contiene!” Pero estás aburrido. Te quemas la lengua con el altodeldíasinespacioparaleche. Querías capuchino, pero no está in pedir capuchino. Vamos, ni siquiera está in decir “está in”.
El café de Starbucks es bueno. Como en “meh”. No es el mejor café del mundo y, después de todo, en realidad suples tu necesidad de cafeína en cualquier momento con un vaso genérico de 7-11 u OXXO. Incluso vas por el de la máquina de Nescafé del piso de abajo. Otra vez: no vas por el café forzosamente. Vas a que te sonrían, te ofrezcan calentarte el emparedado, pagues un precio alto por todo, te pregunten tu nombre y salgas con él escrito n un vaso. Y ¿sabes qué? Está bien. Está pocamadre. Está increíble. Porque para eso está diseñado. Porque hay capacitaciones y seminarios y pláticas interminables acerca de la mejor manera de agregarle leche a un latte y la terminología local.
Pero, claro, todo queremos hacerlo más complicado y ensalzarlo o buscarle defectos. Un ejemplo perfecto son Wal-Mart y Sam’s Club. La gente se pasea por los pasillos ataviada como si estuviese comprando en Rodeo Drive, aunque, por origen, son tiendas baratas. Busquen “people from Wal-Mart” en Google y verán quiénes compran ahí en Estados Unidos. Pasa lo mismo con Starbucks. Acude, sí, mucha gente que se siente parte de la élite porque se puede costear un café de 45 pesos, sentarse en un sillón y pretender que trabaja en “LA NOVELA”. O te llevas algo para el camino, quejándote internamente todo el tiempo que es la última vez que vas a esa cafetería sobrevaluada. Pero, con tu vaso blancoverde en la mano.
Lo que es en realidad idiota es ir y hacer de cuenta que tu paladar exquisito, ese que sólo ha sido tocado por manjares de los dioses como los tacos de carnitas del mercado sobre ruedas sabatino o las albóndigas de tu mamá, es demasiado exigente para estar ahí. A saber, las peroratas más imbéciles que he escuchado son:
• Ay, me caga que se llamen venti, grande y alto. Para mí son grande, mediano y chico.
• Puag, pinche café es malísimo.
• ¿Qué es esa mamada de decirles baristas?
• ¿60 pesos por un café con leche? Mejor me lo hubiera tomado en mi casa.
• Hay tanto poser aquí.
• Lando Calrissian. Sí, así me llamo.
Todas, todas, las he oído de gente que va diario. No una vez por semana, no un par de veces al mes. Diario. Primero ¿no te gusta la nomenclatura? Así es el protocolo. No vayas. ¿No te gusta el café? Compra el tuyo, prepáralo en casa, ponlo en tu vaso térmico. No vayas ¿Baristas? En el OXXO te lo sirves tú. No vayas ¿Muy caro? El vaso en los minisúpers cuesta en promedio 12 pesos. No vayas ¿Mucho poser? Mira, esto es un espejo. No vayas ¿Nombres alternativos porque te caga el que te puso tu papá al calor de un par de tequilas? Las primeras cuatro veces es gracioso, después es decididamente patético. No vayas.
¿Se entiende lo que acabo de escribir? Digo, hay muchas cafeterías. No, no todas tienen las bebidas para llevar, pero muchas sí. Puedes comprar una cafetera. Puedes ahorrarte esa tortura, ay, tan medieval e innecesaria de que tengas que decirle “venti” al vaso grandote. Puedes dejar de pretender que estás entrando al infierno o al paraíso cada vez que pisas un Starbucks. En serio, es una actitud que de tanta repetición se vuelve cansada y molesta. Nunca he escuchado a nadie quejarse del nombre de las salas VIP del cine, alegando que deberían llamarse “de lujo” o “para gente muy importante”. Entonces ¿por qué no le paramos un poco a tanta estupidez? ¿O sabe mejor el altoespressoamericano con quejas que con mascabado?
Al final, sí, es una cafetería con café regular y precios altos. Y, como en un pueblo, con gente que se queja del costo (pero lo paga), rancherotes que se sienten Rockefeller, mariachis que se sienten Maria Callas y, aunque usted no lo crea, personas normales que van por una bebida. Sin contar a los tarados que “se mean” en el “servicio”, mientras piden, claro que sí, las 20 onzas de lo más parecido al amor y al respeto propios que encontrarán ese día. O el siguiente.