Quienes me hayan leído desde hace un tiempo saben que soy un bocafloja. Me quejo de lo que me molesta sin ningún problema, aunque (y esta parte es importante) la mayoría de mis posts tengan que ver con cosas que me gustan, muchas de ellas cubiertas de merengue y cursis como una tarjeta de Winnie the Pooh.
Pero sí debo decir que hay muchas cosas que me decepcionan en estos tiempos. No es que los anteriores hayan sido mejores, no. No voy a decir que “ay, cómo hubiera querido nacer en los años 50″, porque eso es una idiotez. Tampoco que “cuando yo era niño, la gente de mi edad no hacía esas cosas” al ver a un par de adolescentes fajar afuera de la secundaria, porque la única diferencia es que yo lo hacía dentro de la escuela.
Tampoco llegaré al punto de evitar decir algo porque puede molestarle potencialmente a un amigo. No es que no tenga tacto, es que mis amigos no necesitan estar de acuerdo con mis puntos de vista. Y eso me parece bien. Yo no necesito estar de acuerdo con los suyos. Y eso les parece bien. Es tan sencillo como eso.
Me he quejado de los ebrios al volante, de los que roban, de los que engañan a la gente vía redes sociales para promoverse. De muchas actitudes. Pero he estado pensando que se pueden resumir en una sola: falta de consideración a los demás.
Pongamos ejemplos
El supermercado
Cada pasillo de los supermercados actuales está diseñado para albergar uno o dos carritos cercanos a los anaqueles y que una persona pueda pasar por el espacio que queda entre ellos sin problemas. Eso es lo ideal. ¿Lo real? Un solo carrito, atravesado en la entrada del pasillo, como clausurándolo. Usualmente es una mujer que sólo ve precios o una pareja que platica lo que le pasó a Laura, la vecina, sin importarles si están bloqueando el acceso a otros compradores. Y pueden seguir en la cháchara por siempre. Yo digo: “con permiso” y muchas veces recibo la mirada de “hijo de puta, no me interrumpas en el chisme”.
El sentido de la circulación peatonal.
Es muy simple, de este lado del mundo, todo está diseñado para que camines por la derecha. Las escaleras, por ejemplo. Los pasillos del aeropuerto, los andenes del metro, las aceras. To-do. ¿Cuántas veces has chocado con alguien simplemente porque del lado del que tendría que estar hay más gente y se pasa del lado en el que tú caminas o subes escalones. ¿Y por qué? Porque lleva prisa. Bueh, todos llevamos prisa, pero yo no paso por encima de los demás por ello.
Espacio personal
En serio ¿cuanto espacio necesitas? Si abres las piernas cuando te sientas en un lugar, porque “así me enseñaron a sentarme” o “me estorban los huevos”, eres un asno. Definitivo. También cuenta en esta categoría la gente que camina junto a ti sin conocerte y la que prácticamente te respira en la oreja.Y no engañas a nadie cuando dices “es que no puedo cruzar las piernas porque algo me estorba”. Tarado
Privacidad
Esto es complicado de obtener en la calle, pero creo que se puede. Pero hay idiotas a los que no les importa. Desde la preparatoria, cuando usaba un maravilloso Discman de Sony, decidí que mi señal internacional de “No me hables” eran los audífonos, en ese entonces de diadema. Ahora, creo firmemente que está pésimo que te vean con ellos y te hablen como si no notaran los cables blancos o negros que te salen de las orejas. Si estuviéramos en 1925, entendería que no supieran para qué son, pero, carajo, es dos mil puto diez, cabrón. Me ha pasado (en aviones) que tengo audífonos y un libro, el combo cuasi infalible para el que no desea socializar, y desde el asiento o fila contiguos, alguien me habla. Alcanzo a escuchar, pero tengo una técnica milenaria llamada ‘me estoy haciendo bien pendejo’, en la que ni siquiera muevo un músculo y sigo leyendo. Lo peor es que siempre sale alguien que, al ver que hablarle a alguien que prefiere escuchar música a sus preguntas, no le hace caso, entonces te picotea el hombro o la espalda con su huesudo índice. Hi-jos de pu-ta. Otros llegan al extremo de jalarte el brazo. Cuando por fin me quito los audífonos y respondo un aburrido “dígame”, noto que hay 25 personas más a su alrededor que no llevan un iPod ni están leyendo. Y me preguntan una idiotez como “‘¿cuánto es el tiempo de vuelo?”, cuando el capitán lo acaba de decir al despegar o, uh, está impreso en el puto boleto.
Podría seguir y seguir, pero se dan una idea. Meterse en las filas, cobrar por un trámite gratuito, ocupar toda una acera o un pasillo porque “soy mujer, tengo vagina y la capacidad de crear más humanos” (actitud infinitamente pendeja de muchas mujeres), la reventa de boletos. Ya saben.
Todo eso me habla de gente a quien no le importa lo que tú quieras, pienses, digas, hagas o necesites. Y no lo digo con esa vis “altruista” e “iluminada” que muchos quieren exhibir sin tenerla en realidad. No, lo sigo en el sentido de que la vida es más sencilla sin estar jodiendo al de al lado, creo, sin implicar que tengas que ayudarles a nada si no quieres. Eso es lo que al final es lo que odio más en cualquier persona, ese “me vale madre”, esa actitud que muchos, tristemente, consideran “más inteligente” y es más bien pobre y estúpida.
Eso es lo que me caga. Bueno, y el reggaeton. Y el pescado, odio el pescado.