Soy un tipo muy poco original. Este post es prueba de ello. No me consuelan los dichos que refieren a la ausencia de objetos novedosos bajo la luz del día. Aunque tampoco me preocupa tanto. En realidad, ante la mítica y sobada “página en blanco”, que en realidad en estos días es más bien un cursor parpadeante y retador, uno busca empezar de alguna manera. Particularmente cuando es un tema del que se hablará de aquí al 15 de febrero a las 11 de la mañana. O hasta que alguien vuelva a hacer una pataleta en algún lado.
Pues bien, yo he dicho que quiero y que adoro. No, no solo una vez. Permítanme un momento para dolerme de la ausencia de la tilde en el “solo” de la frase anterior. Permítanme sentirme mal por esa tilde perdida.
Pero decía yo, que no he amado en una única ocasión. No, han sido varias. Algunas de ellas, dolorosas como una muela partida en dos. Algunas de ellas, dañinas como media cajetilla de cigarros en ayunas. Algunas de ellas (las mismas, esto es), desconcertantes e ininteligibles. Ilegibles. Pero esas y las demás, todas gloriosas. Todas con fuegos artificiales, desfile, grandesenormeselefantes y rehiletes y sonrisas. Quesos, besos y sonrisas.
Y, por ello, esas ‘algunas’ de las que hablaba, así de trágicas, así de pérfidas, así de ingratas.
Ingráta pérjida, romántica insoluta, tú me estrujastes todito el corazón, decía Chava Flores. Y piensan, con una fuerza que parece que hasta gusto les da, algunas personas. Es una época rara. Cuando dejé de ver a mi primer amor platónico, Rocío Araceli Inserte Apellidos, tenía yo seis años. No supe de ella, excepto por una ocasión en que me llevaron a una clínica del Seguro Social y ahí estaba, la muy jija, la muy hermosa. Fue la primera vez que sentí el “efecto elevador”. Zum, ese es tu estómago yéndose hacia arriba. Zum, ese es tu estómago yéndose hacia abajo. Y luego, nada. A la fecha, 27 años después, nada.
Hoy es distinto. El voyeurismo es el deporte nacional, es la disciplina olímpica más competida del mundo. Tenemos Twitter, tenemos Facebook, tenemos blogs y about.me. Teníamos hi5. Joder, tenemos Google. Un nombre, un apellido, encerrados en comillas y, mira, una página personal, un perfil profesional, unas fotos indiscretas y un blog de haikus que nadie conocía. Y se podría pensar “pues qué bueno, seamos adultos, seamos maduros”. Pero, no. Vamos y picamos al animal que parece muerto. Hey, mira, creo que se mueve. Huy, creo que gruñe. Y el “cierre”, el “crecimiento”, el closure, se nos va al demonio. No sé ustedes, pero yo necesito distancia. Intento que mis relaciones no terminen mal y tengo un récord de bateo (y ponches) bastante bueno. Y de todas maneras, necesito ese espacio, esa huída, ese languidecer y escuchar canciones. Ese silencio de tonos de alerta y de ringtones personalizados, que no salten los pop-ups que avisan de un nuevo chat, que no suene el timbre de la casa, que los ese eme eses no lleguen y que pasen varias semanas del mismo silencio, del mismo botón de mute, que se supone tan pernicioso para una relación, pero que hace maravillas cuando se ha terminado. Después del luto apócrifo, te sientes relajado, entero y con ganas hasta de preparar un desayuno completo y no la habitual combinación pizza-Coca Cola-cigarro. En mi caso, después me vuelvo “cuate” de la ex. Que yo sepa, nunca fui un evil ex. Que yo sepa, nunca he tenido una evil ex. O exes.
Pero en este mundo es imposible para muchas personas encontrar solaz en la mudez de los que se fueron. A veces, porque es muy tentador ir y asomarse a ver qué está haciendo el otro. Mira, ya cambió de trabajo. Hey, su estatus cambió de “in a relationship” a “single”. F5. F5. F5. Otras, porque resulta prácticamente imposible no escuchar, no hablar, no ver el mal. Hace 15 años te topabas con alguien en una fiesta y le decías “huy, no, terminamos hace como medio año. Yo estoy bien, ya sabes, tranqui, no ando con nadie porque no quiero”. Y ya, alguien ponía a Rostros Ocultos o alguna aberración similar y no pasaba de ahí. Porque era más sencillo separar a sus amigos de tus amigos y dejarlo como era. Ahora, ampáranos San Valentín Trujillo, tenemos cientos de amigos. O conocidos. O contactos. O followers. Y es inevitable que alguien te diga ¡buenos días”, pero insertando el nombre de tu ya-no-tan-significativo-otro en un saludo masivo. Tan masivo como lo permiten 140 caracteres. O que te tagueen en una foto. O que alguien comparta el link al ya mencionado blog de haikus. En estos días hay que poner un link al comunicado que avisa que ya no tienes pareja, ahí, en tus redes sociales, en´video, en podcast, en código QR. De acuerdo, no necesariamente, pero a veces pareciera que sí, para evitar el bombardeo insospechado.
Y, hey, entiendo a los que gruñen por lo bajo en estos días. De pronto, pum, de plural a singular. Pum, no más arrumacos. Puf, se esfuma la rutina. Crash, esa fue mi fe en la humanidad, el amor, la vida y todo lo demás. Bang, bang, mi nena me ha disparado. Pero no comparto la aversión al amor. Yo no he estado mejor que cuando me he enamorado. Y no, no es por la codependencia, no es que mi felicidad dependa de una persona. Es que es un estado ideal para mí. Escribo y escribo y recorto y pego y prácticamente no tengo nada en estado de draft. Camino por la calle y saludo y sonrío. Tal vez no sea tan distinto que cuando no lo estoy, pero sí se siente esa minúscula, aunque importante diferencia. Como el guisante bajo la almohada de la princesa. Está ahí, por mucho que haya problemas, discusiones y tropiezos.
El universo es matemáticas. Dios es un número primo. Todos somos unos y ceros. Creo yo, hasta las emociones juegan a ser parte del Baldor. Y es simple ¿saben? Hay positivos y negativos. La amabilidad, positivo. La douchbaggery, negativo. El apoyo, positivo. La traición, negativo. Ya sé, los más cínicos dirán “pero yo prefiero ser un bastardito sin sentimientos y que el mundo tome por culo”. Los más ridículos “soy una criatura de la oscuridad y escucho jevi” Pero yo no. No digo que no lo haya hecho, también tuve mi etapa de “huy, soy tan malo”. Pero en una dimensión de números y de valores, en este mundo en el que dos positivos matan un negativo ¿quién no quiere tener todos los + que pueda? ¿Quién no quiere ser tan feliz que sienta que va a explotar en una nube de serpentinas y papel picado? Ya, en serio ¿quién no quiere estar enamorado?
He caído, me he roto. He terminado sorbiéndome los mocos. Pero nunca he dejado de amar. Es una de esas cositas estúpidas y sinsentido por las que vale la pena seguir en este planeta. Una suerte de leyenda urbana que resulta ser cierta en algún momento. Pero que requiere de un esfuerzo que cada vez le parece más hercúleo a quienes pretenden enfrentarse, por vez primera o decimonona, a esa hidra, a esa esfinge.
Fe.