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Fin del mundo. Primera parte.

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Los estoy venadeando

Todo este asunto de la influenza es perturbador. No en el sentido de ¡nos vamos a morir todos!, sino en el de ¿qué va a pasar si de verdad un día una supergripa nos empieza a matar?

Ayer me hartaron los heraldos de la paranoia. Valientemente, los taché de pendejos en mi Twitter. Así soy de osado y atrevido. Y es que es precisamente ese tipo de actitud la que de verdad puede poner a la gente en peligro. Ya lo dice Tommy Lee Jones en Men in Black, “una persona puede ser inteligente, pero la gente es un grupo de animales estúpidos y asustados”. Y es completamente cierto.De pronto ya leía yo acerca de reportes de casi un centenar de personas muertas, y el triple de esa cantidad, enfermas en centros de salud. Hoy, con muy poca cobertura de los medios, me entero que no, que nadie ha muerto en el DF. Sí, hay gente internada, sí, algunos son casos de influenza y todavía están determinando si es un problema grave o no.

Mientras tanto, el ejército ofrece el arma definitiva contra los contagios, el cubrebocas. Perdón, pero no me jodan. Para empezar, quienes deberían usarlos son los enfermos, no todos los demás. Y en segunda ¿no es eso causar alarma en la gente? Digo, si yo de pronto veo un grupo de soldados recorriendo las calles de mi colonia, me preocupo ¿Cómo reaccionarían 35 personas paranoicas que acaban de ver los noticiarios de TV Azteca? ¿Y 100? ¿Y mil?

Ese es mi rencor contra la gente idiota. Suena a estupidez, pero así comienzan las bolas de nieve. Un amigo, que conoce a alguien en un hospital, que es primo de un médico de guardia, dice que a la gente se le está derritiendo la cara. Suelto eso en Twitter, en una llamada telefónica, en el metro. Alguien lo lee, lo escucha, lo copia, lo pega. Y así, poco a poco, de pronto, de manera geométrica, se va difundiendo el rumor. Y con nuevos detalles, todo por esas ganas estúpidas de pertenecer a un pedacito de una historia, de sentirse parte, aunque sea, del final de los tiempos. Al final, tienes a un montón de gente tarada en los hospitales, sin síntomas de ningún tipo, entorpeciendo la labor de los médicos. Y de ahí, todo puede ponerse peor.

La recomendación, entonces, es: si se sienten mal, vayan al médico. Ya él les dirá si tienen algo o no. Si no se sienten mal, no hagan mosca, por favor. No inventen historias de horror nada más por el gusto de hacerlo. Si todavía están intranquilos, vayan a su hemeroteca personal, saquen el número de diciembre de CM (el de la superheroína de las supertetas) y busquen el artículo Humanoide Paranoide, que presenta cuatro ideas de cómo se podría terminar el mundo y, claro, por qué no debes volverte loco de preocupación. Ajá, el artículo es mío ¿nunca les he dicho que soy un narcisista delirante?

Momento pop con todo esto, me acordé del Capitán Trotamundos (Captain Trips, en inglés), una enfermedad ficticia, basada en el virus de la influenza, que diezma casi totalmente a la población del mundo. Los que sobreviven se ponen, unos, del lado del bien, otros, del lado del mal. Todo ello en The Stand (La danza de la muerte, en español), de Stephen King. El virus es liberado por accidente, un vigilante escapa de la base militar, junto con su esposa e hija y va contagiando gente en el camino. Algunos son inmunes, pero no se sabe por qué. Tengo el libro y la miniserie, con Gary Sinise. Me pregunto si será de mal gusto verla hoy.

Ah, y para acabarla de joder, me resfrié. Chin.